Viaje al centro de tu mente

¿Quién eres?  ¿Eres quien eres por las personas que te quieren? ¿Tú eres tú por la educación que has recibido? ¿Por tus hobbies? ¿Empleo, nivel económico, peso, tus tatuajes, tu religión?

¿Que nos quieren decir en realidad cuando nos invitan a ser nosotros mismos?

“Sé tú mismo y ya está”.

¿Es que acaso soy otra persona distinta cuando tengo miedo, cuando sufro, cuando oculto mis defectos, cuando trato de ser más gracioso, simpático o afable? ¿No son esas variaciones las que precisamente me hacen ser quien soy?

Viaje al centro de tu mente. Donde estáis solos los dos, donde el ruido se apaga y el silencio te dice lo que nadie quiere escuchar, y tú tampoco, pero ahí está, alto y claro, la persona que eres y luego esa, la que quieres ser.

Y sigues dándole vueltas, como si en una de esas fueras a advertir algún detalle que has obviado.

Qué absurdo es girar sobre uno mismo, sobre todo cuando se trata más bien de los demás.

No tienen razón cuando dicen que eres falso, como si fueras de mentira, como si acaso fuera posible. Que has cambiado, o que has sobreactuado, o que estás callado, como ocultando algo. “Sé tú mismo”. Otra vez.

¿Quién eres?

Eres quien eres por lo que dices, por lo que haces, por lo que dices que harás y no haces.

No eres quien eres por quien te quiere, ni por tus gustos o aficiones. Tu ser no consiste en la acumulación de tus logros, tu empleo, salud, estatus social, no. No eres quien eres por el trabajo que no encuentras, ni por las mentiras que has contado o las personas a las que has dañado.

Eres quien eres por lo que quieres conseguir y nunca alcanzarás. Eres quien eres por los agujeros de cada trozo de tu ser. Por la razón de tus acciones, por el porqué de tus mentiras y la explicación de cada uno de tus males. Por tu angustia y tus ganas de seguir intentándolo. Por intentar ser quien eres. Por intentar saber quién eres. Eres quien eres por lo que amas, pero sobre todo por tu manera de amar.

Y ese, quien eres, tarde o temprano te encuentra. Y aún así, y después de todo, te lo vuelve a preguntar.

¿Quién eres?

 

 

 

 

 

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Te quiero, y ya está

Las palabras no se las lleva el viento.

Y las palabras, a veces, muchas, también son acciones.

Por eso me río yo de que el amor se demuestra con acciones, y no con palabras. Jamás debería ser todo un proyecto soltar un te quiero.

Si tan difícil es pronunciar esas dos palabras que juntas significan tanto, entonces ¿por qué recorrerte el mundo?, ¿por qué ese ramo de flores?, ¿por qué recogerle, llevarle, traerle, estar?

Si lo que tanto te cuesta es emitir esas dos palabras que son en definitiva el resumen de todas tus acciones, ¿por qué no las dices y ya está? ¿No será esa la acción más bella de todas las que puedas realizar?

Y no estoy hablando yo de romance. De amor sí. A un padre, a una madre, o a tus hermanos. Te quiero, os quiero, mucho. Y así todos los días.

Ama lo que haces para hacer lo que ames

En el cibermundo en el que acostumbramos a vivir, donde ciberlistos y algunos imbéciles se hacen hueco para verbalizar su petulante vida, seguro que muchos hemos leído esa famosa frase que dice: “Haz lo que amas”, o en su versión más cool: “Do what you love”, acompañada de una extraordinaria fotografía repleta de filtros. Y no digo yo que eso esté mal, en realidad eso está muy bien.

Debe ser maravilloso hacer cada día lo que uno ama, ¿o no? Y, por supuesto, debe ser genial, además, vivir de ello. Y por eso nos empeñamos en buscar los medios que nos lleven en un futuro a estar haciendo lo que amamos. Pero no nos engañemos, no es tan fácil. Muchas veces ocurre algo que paraliza esa lista mental de “cosas que tenemos que hacer para ser felices”. En ocasiones sucede algo que provoca que, en efecto, no podamos dedicarnos a aquello que nos gustaría, y entonces, ¿entonces qué?

¿Dónde quedó el “Do what you love”? ¿Es que soy un desgraciado destinado a observar cómo unos pocos viven sus sueños? ¿Acaso el éxito y la felicidad son solo para algunos? Y aquí, queridos, es donde solo hay dos opciones. O bien, te derrumbas, te detienes y dejas que el tiempo tire de ti hasta matarte, o bien, das una vuelta al asunto y conviertes el “Do what you love” en un “Love what you do”.

No digo que haya que dejar de hacer o de querer hacer lo que uno ama. De hecho, debes ir a por ello, a por lo que te hace feliz. No me refiero a que dejemos de intentar nuestras metas, no quiero decir que haya que conformarse, no. Lo que pasa es que a veces es la vida la que, en cierto punto, te indica lo que hay que hacer. Un cambio de ciudad, de carrera, de circunstancias, yo qué sé, una falta económica, una madre enferma, o el vivir una enfermedad en tus pieles. Y entonces no, no vale pararse, y tampoco conformarse.

Todos deberíamos hacer lo que amamos, pero en ocasiones, mucho más importante es amar lo que estamos haciendo. Amando lo que haces adviertes la verdadera belleza en lo bueno que te rodea. Amar lo que haces no es optimismo, es darte cuenta, y darte cuenta es dar las gracias por lo que posees, y una vida es mucho más que suficiente. Amar lo que haces es tomar cada trocito de tu rutina y abrazarte a él, porque en él también hay muchas bendiciones. Amar lo que haces es el primer paso para hacer lo que amas.

Jamás deberíamos de perder las expectativas, la esperanza o las ganas de hacer lo que amamos. Y es verdad que muchas veces nos llevaremos decepciones y tendremos que reconstruir una nueva lista de prioridades desde el principio, pero vale la pena. Y la vale porque también es verdad que otras muchas veces, y gracias a esas “decepciones”, quizá nos demos cuenta de que nos hace más felices amar lo que hacemos que hacer lo que creemos que amamos. A veces la vida se encarga de pararte los pies, de que abras los ojos y dejes de vivir por un instante en ese futuro que aún no existe, y empieces a disfrutar de este presente que tanto vale y, del que quizá, todavía no te has dado cuenta.

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Demasiado jóvenes

Están por todas partes. Lo blanco, lo negro e incluso la escala de grises, ¿todo lo demás?, no existe. Lo etiquetamos todo, hasta lo que no es etiquetable. Las etiquetas, fieles compañeras de la inseguridad. Es una enfermedad, una seria necesidad compulsiva de etiquetar la realidad en diferentes ámbitos. No sé, quizá es porque nos aterra que algo se salga de nuestro control, que algo sea tan grande, tan monstruosamente hermoso que nos rompa cada uno de los esquemas que con tanto ahínco hemos construido.

El colegio, la universidad, el trabajo, el éxito, la muerte. Y siempre en ese orden. Pero entonces, y solo en contadas ocasiones, ocurre algo que se sale de esa maravillosa continuidad de acontecimientos planificados. Y nosotros, ¿qué hacemos? Claro que sí, tratamos, de nuevo, de buscar una etiqueta, la que sea, en la que podamos incrustar eso que no entendemos.

¿Por qué te casas? ¿Para qué? ¿Estás loca? ¿No eres demasiado joven?

Porque quiero, quiero con toda mi alma. Para nada, para eso, para casarme. Quizá para compartir una felicidad tan abundante que ya no me cabe en el cuerpo, que quiero darle a Dios, que quiero daros a vosotros. Y no, no estoy loca, al menos no literalmente. Y sí, soy joven, y ojalá siga siéndolo muchos años más.

Ojalá nunca seáis demasiado viejos para hacer nada. Estudiar una carrera, viajar por todo el mundo, querer a los que tenéis alrededor. Y por demasiado viejos, entendedme, no hablo de edad. Ojalá seáis siempre demasiado jóvenes, demasiado entusiastas, demasiado emprendedores para cumplir cada meta y cada ilusión que se os cruce por la mente.

Antes de que nos volvamos locos, dejadme puntualizar un par de cosas. Hay que diferenciar entre sentido común y etiquetas. El sentido común es el que te dice que sin madurez emocional no puede haber una relación sentimental viable. El sentido común es el que te indica que la educación es un pilar fundamental en tu vida, y que de ahí en adelante puedes ser ingeniera, jardinera o ama de casa, si es lo que te va a hacer feliz a ti y a los que te rodean.

Las etiquetas, sin embargo, son las que te recriminan que no puedes volver a estudiar una carrera universitaria. Las que te aseguran que no intentes ese sueño, que es demasiado arriesgado. Las etiquetas son las que te dicen que con 24 años eres demasiado joven, y con 65, demasiado viejo. Las etiquetas son las que pegan artificialmente adjetivos a nombres, como si estos hubieran sido siempre compuestos.

Nunca dejéis de ser quienes queréis ser. Jamás permitáis que alguien os diga que no podéis hacer algo, solo porque ellos no lo puedan hacer. No acabéis con sueños por ser demasiado arriesgados, demasiado ambiciosos, demasiado difíciles. Dejad que os aconsejen, sed humildes y, siempre, y con sentido común, no dejéis jamás de ser demasiado jóvenes para vivir intensamente.

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WHO R U

Buscamos la respuesta a la pregunta por quiénes somos. Todo paso en falso o por decisión firme es una afirmación indiscutible de nuestra propia identidad. Parece ser que cada trozo que describe nuestra historia nos determina, que la pluralidad de acciones que desarrollamos tiene como único objetivo la radiante unidad de nuestro ser, el contenido del yo. Pero en ese camino de incertidumbre también cometemos errores, acontecimientos que nos gustaría borrar del historial de nuestras vidas. Me hace gracia leer en eyaculaciones verbales adolescentes la terrible y siempre veraz afirmación que dicta “Las personas no cambian, con el tiempo las conoces”, o las más optimistas que abogan porque un individuo puede retractarse de lo hecho y empezar de cero, y que por eso existen los centros de desintoxicación y los reformatorios. Y sabéis… no hay nada más falaz, ni absurdo, que eso.

 El punto no está en que las personas cambien o no, el punto está en el devenir. Nadie es quien es continuamente. Nadie completa el acto de sí mismo en ningún punto, porque cuando quiera pensar en ello ya es pasado y si quiere anticiparse, estará hablando de un futuro que no existe. El ser humano es capaz de lo mismo y lo contrario en la corta línea de su existir. Una misma persona puede cometer una atrocidad y un acto de amor, sin ser por ello alguien horrible o amable. El problema radica en la mente, en la ridícula necesidad de nombrar todo lo que conocemos, en el ansia de etiquetar con adjetivos a todo individuo. El que roba una vez es un ladrón, el que regala algo es solidario, el que perdona es compasivo y el que no puede hacerlo es un orgulloso.

Se nos escapa que lo maravilloso a la par que terrible del hombre es que desde que nace hasta que muere está en un continuo llegar a ser, en un no ser jamás quien es en concreto. Poco sabemos de lo que hay después de la muerte desde la perspectiva espiritual, pero desde la material sabemos que de algún modo somos inmortales. Nuestra materia, que ni se crea ni se destruye, continuará transformándose en la eternidad sin ser algo antes de llegar a ser otra cosa. Lo mismo ocurre con lo que creemos que nos determina en vida, por eso son tan complicadas las relaciones humanas. Es común que guardemos nuestra peor cara para nosotros mismos y mostremos una menos real y más conveniente a aquellos a los que queremos agradar. En el fondo todos ocultamos nuestras mayores miserias a los ojos de quienes creemos “no tienen de eso”, cuando lo cierto es que todos estamos tan predispuestos a la traición, como al amor. Una vez que este hecho se presenta ante nuestras atónitas conciencias es fácil caer en la desconfianza, pero ese no debería ser el punto, el punto debería ser esperar cualquier cosa de cualquiera, y por supuesto, no dejarnos fuera del saco. No solo es la mejor forma de no decepcionarnos ante las expectativas puestas en ciertas personas, sino que muchas veces es la única forma de suministrarnos una dosis de humildad conscientes de que nosotros muchas veces somos víctimas, muchas veces verdugos.

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A veces me ahogo

A veces me ahogo, me arrastro hasta las profundidades con violencia y no respiro. A veces muero. Dejo de pensar y dejo de ser. Y es que no hay peor verdugo que uno mismo. A veces me escucho con atención y otras lanzo palabras contra mí misma porque adoro sufrir, porque el sufrimiento es  lo más profundo que el hombre puede tocar, lo más trascendental, lo más divino.

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Mi sensibilidad me da una perspectiva a color de la vida, un mundo como escrito por Lewis Carrol en el que la protagonista soy yo. Y atiendo a detalles que al resto se le escapan porque están demasiado ocupados en vivir el segundo que viene después, y no se dan cuenta de que viven en una ilusión permanente. El contemplar el mundo, la vida, las personas a través de estos ojos muchas veces me aporta una felicidad inmensurable, y otras tantas me encierra en un espacio estrecho y diminuto donde solo se puede sufrir.

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Recuerdo que cuando era una niña (no como ahora, una de esas con dos coletas y una sonrisa manchada de chocolate) cundo me echaba a llorar, cuando me llenaba de rabia y de incomprensión me iba directa al espejo, a contemplar esos ojos de gato y esa mirada de decepción, como si con solo siete años hubiera descubierto el secreto más terrible de vivir. Y guardaba esa imagen en un archivo de mí misma, ahí junto al archivo de risas graciosas y fuera de contexto.

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El sufrimiento como tal es apasionante, elegirlo, abrazarlo y amarlo es la aceptación de uno mismo con sus miserias y las miserias de los demás. En un primer momento sientes que la vida se te ha escapado, que la justicia es solo una palabra vacía de ocho letras, un timo, la falacia universal. Sientes que el mundo es un lugar hostil e injusto, que el azar te puso los dos pies sobre la tierra y te obligó a vivir una vida que tú no elegiste, que te toca caminar hacia la muerte como empujado por la punta de una pistola contra la nuca, que ya no hay vuelta atrás. Después comprendes que todo momento de tu vida, toda alegría y toda ilusión ha ido acompañada de una pérdida, de una muerte, de un terrible sufrimiento. Finalmente tomas tu vida, como agua entre los dedos, y en el instante anterior a que se desvanezca comprendes que es el conjunto de miserias y milagros lo que hace que no puedas más que amarla. La eternidad está en tus manos. El destino terrenal de la humanidad es el mismo para todos, pero tú decides el camino que quieres tomar.

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A veces me ahogo, me arrastro hasta las profundidades con violencia y no respiro. A veces muero. Y entonces abro los ojos. Vuelvo a nacer y en el preciso instante en que despierto me pongo a escribir.

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Últimamente le echo más de menos de lo normal. Mi abuelo supo cuál era el secreto de esta vida desde el principio, y nos lo dejó a todos como legado, sin hablar. A veces me quedo en silencio y me concentro con fuerza, para ver si así consigo viajar en el tiempo y volver a esa terraza frente al mar, en la que sus ojos parecían volverse azules porque su mirada era ya una mirada tan verdadera que no podían ser de otro color. Fue uno de esos hombres que viven su vida como si fuera una obra de arte y ellos las manos de Dios que va trazando tímidas pinceladas que hagan del mundo un lugar más bello. Y es que de vez en cuando hay firmas de hombres y mujeres que quedan grabadas a fuego en esta realidad tan extraña para que conste que ellos pasaron por aquí, para permanecer de alguna forma, para ser eternos.

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El mundo necesita una cámara capaz de capturar todos los rostros de personas antes de marcharse de este mundo, capaz de atesorar sus miradas, la historia de cada una de las arrugas que penetran en sus semblantes. La vida, señores, y hasta donde yo creo saber, es amar, es sufrir, es dar un paso atrás y pedir perdón, es perdonar, es continuar. La felicidad no es ese instante de emoción que se desvanece al poco tiempo, no es la euforia provocada por música y vodka que desaparece en las migrañas del día siguiente, no es la risa, ni el éxito, ni la suerte, no es sentimentalismo barato. La felicidad es la consciencia de todo momento que te ha destrozado y te ha hecho avanzar, es la paciencia, los segundos dilatados, es la felicidad que comporta saber que has perdido y que has sufrido, pero que al fin y al cabo, has vivido.

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El ejemplo más claro de lo que quiero encarnar en palabras es el mismo comienzo de la vida, el sufrimiento en su pureza original. El amor es. El amor es desear que algo sea, es la participación del Ser que está siendo. El amor es desgarrarte por dentro voluntariamente. Cuando una madre da a luz produce en sí misma una destrucción, un sufrimiento que ella elige para ser artífice del mundo, para crear junto con el resto del universo, para amar. En ese instante amar y sufrir se hacen uno y no hay momento humano en que se esté más cerca de Dios.

Sofía Brotóns

Peras al olmo

El problema de crearse expectativas con las personas es que, por lo general, suelen ir acompañadas de tremendas desilusiones. Y es que está claro que nadie es como creemos que es, o como queremos que sea.

Tengo la horrible manía de crear mundos increíbles, realidades nuevas, películas de ciencia ficción… en cuanto conozco a alguien. Imagino que cada ser en el mundo tiene un millón de capas, y me encanta destaparlas una a una creyendo que al final habrá una especie de diamante en bruto. Recuerdo que en algún momento de este año me dije a mí misma que el 2013 había pasado por mi vida como una apisonadora y que había terminado conmigo, pero me ha valido un par de minutos para darme cuenta de todo lo contrario. Este año, que se acaba (aplausos), ha sido sin lugar a dudas el mejor.

Por lo general el hombre está tan ensimismado en su unicidad, en su exclusividad y su originalidad que olvida que el resto no son personajes secundarios de su vida, que son quiénes, con historias, con vida y con sus propias particularidades. Sin embargo, es verdad eso de “no le pidas peras al olmo”, siempre hay un límite en todo quién, donde, si hay un más allá, desde luego no está a la vista, y donde más vale que te retires, si no quieres una profunda decepción. Y me explico: es maravillosa la idea de querer conocer a todo el mundo, de abrirte, de desnudarte el alma ante todo aquel que tenga un par de orejas y un par de ojos, pero no es real. Las personas están en distintos planos, y no todo el mundo está hecho para todo el mundo, y eso es lo maravilloso del asunto.

En el fondo, cuando te das cuenta y lo asumes sin dramatismo es cuando das un paso al frente, dejando sin problemas a personas que pasaron por tu vida, en un momento determinado, por alguna razón, pero que ya no hay más que puedan darte. Hay personas inagotables, que crean continuamente, que su interior puede convertirse en un pozo sin fondo agotador o en el lugar más interesante del mundo, y hay otras que, sencillamente, tienen un límite tan delimitado y agotado que produce la mayor de la impotencia.

Hace poco, Juliana decía algo así como que todas las ciudades del mundo tienen una época ideal para vivir en ellas, y tenía razón. A veces pienso que lo mismo ocurre con las personas, llega un punto en la vida de todo el mundo (o de casi todo) en que comprende que para salir de uno mismo y ser feliz hay sencillamente que avanzar, dejando atrás a personas que significaron algo en cierto momento y que dejarán de existir de alguna forma en el instante que des un paso al frente.

La vida, el tiempo, y lo esencial por lo que aún tienes los dos pies bajo la esfera azul te darán motivos, razones y sobre todo nuevos quiénes para aportar a la maravillosa creación la firma de “yo estuve aquí”, porque recuerda… al fin y al cabo tú también has sido alguna vez un “quién” en la vida de alguien. Lo importante es dejar la huella del recuerdo, dejar un trozo de ti, sin desgarrarte, a cada persona, a cada momento y a cada historia que te conforma, para que de algún modo participes del milagro de la existencia.

Sofía Brotóns

El bigotudo con prisas

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Suelo decir que cuando empieza a llover y estás bajo la lluvia, por supuesto sin paraguas, algo va a cambiar, y cuando lo digo me siento como esas abuelas que inventan teorías para que sus nietos puedan narrárselas a sus hijos algún día. En realidad solo lo hago para sentir que tengo el control sobre parte del mundo, porque siempre he creído que si dices algo que explique la realidad y lo sacas de la nada, en el fondo funciona.

En realidad todo ser humano que se precie tiene un loco afán de controlarlo todo. Inventamos palabras para controlar realidades que no podemos o no sabemos abarcar, porque el amor, la libertad, la justicia, el bien o la verdad son palabras inventadas por el hombre con el fin de encerrar lo más grande a lo que puede aspirar. Y no me parece mal, ojo, me parece lo más tierno y humano del mundo, pero solo cuando se habla de esas palabras. Sin embargo no me ocurre lo mismo con el tiempo, y me explico: El tiempo no cura ninguna herida, las heridas las curan las personas. Y no quiero relojes porque el tiempo no existe, porque no hay nada más pedante que ese tic tac taladrándote el oído, odio el tiempo porque deseo que no exista, y así es como es y debe ser. Lo odio por su sinsentido y por ese afán de correr a todas partes sin esperar a nadie, porque avanza impasible ante tus ojos mientras observas como un imbécil. Porque en Suiza se forran a costa de él, porque nunca nos ha ayudado a nada más que a sentir que se nos ha escapado la vida. Porque provoca arrugas y patas de gallo, y hace que eches de menos, que añores. A veces nos hace llorar. No le importas, no le importa nadie, y su único objetivo es encerrarte en un ciclo ilusorio de “pasado”, “presente” y “futuro”, y digo ilusorio porque al fin y al cabo es siempre pasado, y nunca, jamás futuro.

Y si de verdad me leéis y los “me gusta” de Facebook no son puro postureo, sabréis que esto ya os lo había contado. El tiempo es solo una absurda forma de controlar la realidad, los días, las horas, los minutos, ¿qué son? ¿No es triste que mientras escribo esto y termino esta frase ya jamás volveréis al principio en el que leísteis “No es triste que…”? Se os ha escapado la vida, lo siento. Estáis aquí, frente a una pantalla de ordenador o de algún otro medio moderno, los que podéis, con una sonrisa de idiota (espero) regalándome tiempo a mí, a esa chica que no conocéis, o que conocéis o que creéis conocer esperando sacar algo bueno de este texto o cotillear a ver si suelto prenda sobre mi apasionante vida personal (pillines).

A los que sigáis aquí porque habéis tolerado que desde el otro lado me ría un poco de la situación: gracias. La cosa es que el tiempo es solo un ente que hemos creado para darle sentido a lo más horrible de nuestra existencia, es un señor con bigote y bastón que nos mira con ojos de: “Te tengo” y al que de vez en cuando le echamos al culpa, o la responsabilidad, como si fuera, de hecho, alguien que pudiera hacerse cargo de tus obligaciones. En cualquier caso, aunque de tanto creérnoslo se haya hecho real, el bigotudo también ayuda.

El tiempo ayuda a comprender que vivir la vida, cada “día” como si fuera el último, no es exprimir el Carpe Diem. El Carpe Diem es una soberana gilipollez (perdonadme, modernos). Vivir el día a día al máximo no tiene nada que ver con tatuarse la espalda, ni con andar sobre el fuego, ni con tirarse en un barril por las cataratas del Niágara, ni con hacer puenting, ni con chuparse el codo. Vivir el día a día tiene mucho más que ver con las cosas sencillas, con los detalles, con fijarte en el eco que provoca la risa de esa niña que corre por un pasillo buscando a sus padres, con atender a los andares graciosos de una paloma que se ha posado sobre una mesa sucia de bar, tiene que ver con decirle a tu padre que le quieres, pero que le quieres muchísimo, con sonreír al rancio que trabaja en la administración de la universidad, a ver si así le contagias nada y si no, al menos para fardar de dientes, tiene que ver con estar feliz de verdad y transmitírselo a los demás, vivir cada día tiene que ver con ser consciente de que cuando llegue la noche, será como morir, porque todas esas horas anteriores no volverán a repetirse jamás, y ser consciente constructivamente, porque si no, acabamos todos colgados.

La historia del Tiempo conmigo (y lo escribo con mayúsculas porque hablo del bigotudo) tiene una larga y aburrida explicación, pero creo que si todo escritor tiene un punto débil, una musa, un no sé qué, su flow, su miedo, su pasión, su cualquier cosa (porque al final esto son solo palabras para confundir) la mía, sin lugar a dudas, es esa persona, ente, ser que he creado y que tantas veces puedo ver, en carne y hueso, más real que yo misma, el señor Tiempo. Y es que todo ser humano debería tender a la eternidad, sin miedo y directamente, de hecho, cuando alguna amiga entra en semi depresión hormonal o sencillamente banal, le susurro un: “No te preocupes, recuerda que yo soy inmortal”, y me sonríe con agradecimiento o lástima, da igual, el caso es que parece solucionar todo lo demás.

Me gusta pensar que el tiempo es solo un sistema, igual que la democracia, en el que por necesidad estamos inmersos, pero que con una visión más amplia, en el fondo somos seres que participamos de algo más grande, del Ser que está siendo en la eternidad, en la atemporalidad y alejado de los absurdos tic-tacs. Que la inmortalidad está dentro de cada uno de nosotros, en cuerpo y alma; en cuerpo porque somos parte de la Tierra y en alma porque tendemos al infinito. Y que con el bigotudo con bastón sencillamente podemos negociar, hablar con él de vez en cuando para que nos haga espabilar, para llegar a tiempo a las citas, para que el acondicionador nos haga efecto, para hacer patatas al horno, para ofrecerle a alguien el resto de nuestra existencia, para pedir perdón “a tiempo” y para sentir que lo aprovechamos leyendo a una pobre chica que escribe de vez en cuando porque cuando lo hace, consigue, a través de las palabras, viajar en el tiempo.

Sofía Brotóns

Risa

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Hace mucho tiempo que no me río de verdad. Hay personas que se ríen constantemente, que tienen ese sonido continuamente en la boca, ese absurdo “ja-já”. Me temo que soy una de esas personas. Quien no me conoce demasiado cree que soy alguien alegre, y lo creen porque tengo esa vacía carcajada como coletilla a cada una de mis frases. No quiere decir que estén equivocados, que yo no sea una persona feliz, por supuesto que lo soy, pero desde luego mi felicidad no tiene nada que ver con ese milisegundo en el que el aire se convierte en melodía.

Me resulta difícil hablar de la risa porque por lo general la relaciono con un momento absurdo, con un punto de humor a consecuencia de que algo que no puede ser, de pronto es, y eso me hace gracia. Y dicho así suena a que aquí todos somos una panda de bobalicones que se ríen de imaginar a una cigüeña buceando. Pero por eso mismo, porque me gustaría demostrar que la risa es un tema más “serio” de lo que aparenta, voy a intentarlo.

Cuando digo que hace mucho tiempo que no me río de verdad, me refiero a que hace mucho que no me quedo sin respiración. Ayer estuve con un amigo que no puede mantener una conversación de más de diez minutos sin decir algo completamente absurdo, y en el fondo sé que lo hace porque le produce una satisfacción tremenda el ver a su interlocutor muerto de risa mientras él mantiene la compostura como si lo que acaba de decir fuera absolutamente normal (imagino que le hace feliz). Y es que, en el fondo, eso es la risa para mí.

Cuando eres un crío y tu padre representa con sus dedos las patitas de un ser diminuto que se acerca a ti para matarte a cosquillas, antes de que eso ocurra, tú ya estás en el suelo hasta arriba de carcajadas, por lo absurdo que resulta que eso pueda suceder. Y es que el “no ser” es gracioso, sobre todo cuando se le atribuye el ser sin ninguna razón.

Por eso Alicia en el País de las Maravillas es la mejor dosis de felicidad en forma de risa. El mundo del “no ser” se presenta al espectador con un puñado de personajes y colores que hacen olvidar a cualquiera que este mundo tenga pies y cabeza, y a mí –de vez en cuando- me viene de lujo olvidarme de que existe un principio de no contradicción.

Sofía Brotóns

“Love is”

En el fondo creo que esas personas que se dedican a analizarlo todo tienen un complejo enorme que esconden detrás de esas listas del control, de esos cuadros y horarios, de esos gráficos tan bien estudiados. Y no me malinterpretéis, sé que yo soy un desastre y el orden dice mucho de alguien, y conmigo está en un continuo silencio, que me parece estupendo y lógico que el ser humano en un intento de no perderse en lo inabarcable de la realidad tome un puñado de palabras y la disponga en una enciclopedia creyendo que así la controla, pero de ahí a creer que en las palabras está toda la realidad que significan, hay un paso, uno muy grande y dado con mucha prepotencia.

Por eso me da rabia escuchar cómo se habla de “amor” igual que del chorizo navarro. Habré leído un millón de definiciones sobre la palabra “amor” y me viene a la cabeza justo ahora la imagen de Carrie en “Sexo en Nueva York” cuando trata de escribir lo que el amor significa para sus hormonales lectoras, y lo que sucede (por suerte) es que el papel queda en blanco con una pequeña mancha en la esquina superior izquierda en la que parece decir: “Love is”. Y lo mejor de todo es que ni ella, ni el director de la película, ni nadie, se da cuenta de que lo que la actriz acaba de escribir es probablemente lo más profundo que pueda decirse sobre el amor.

El amor es. Eso es lo único que está claro. El amor es el deseo de que algo sea, el ser en estado puro, y ya me callo, porque tengo claro que cuanto más se escribe sobre eso más se desgasta. Y me parece un gesto feo e inconsciente.

Por eso cuando algo va mal, en cualquier sentido que tenga que ver con el amor…, y ahora es cuando cotillas y hombres aburridos creen que hablo de un romance, y se ponen a comentar preocupados por mi vida sentimental, así que -por qué no- aprovecho para saludar, guapos, que sé que me leéis. Continúo, por eso cuando algo va mal, en cualquier sentido que tenga que ver con el amor, cuando la realidad se me escapa y las palabras se me quedan cortas, yo me pongo a ver películas de ciencia ficción. De verdad.

Hay quien cuando está al borde de la depresión se mete en vena una buena sesión de Bridget Jones, la discografía de Alejandro Sanz y ocho kilos de chocolate, y no soy nadie para criticar quién hace qué con sus ganas de dejarlo todo, pero os recomiendo altamente un método mucho mejor. Cuando no tengo ganas de salir, cuando dejo de comprender algo, cuando me quedo en silencio por no tener nada bueno que decir, leo el diccionario, me empapo de palabras nuevas, me enchufo una buena sesión de cine sobre  niños robot, naves espaciales, nuevas especies, dinosaurios, da igual. Supongo que me proporciona seguridad saber que la ciencia tiene respuestas más o menos tranquilizadoras sobre lo real, que por muy perdidos que estemos la suma de una unidad con otra siempre equivaldrá a dos unidades. Llamadme loca, o Sofi, da igual. Lo gracioso de todo esto es que las matemáticas y yo nunca nos hemos llevado bien y ahora sin comerlo ni beberlo a mí me hacen respirar.

A donde quiero llegar es al punto que va después de eso. Una vez que ya estoy hasta arriba de aliens y efectos especiales, ya convertida en una yonki de la ciencia ficción me saturo y pienso “No puede ser tan complicado” y me veo a mí misma repitiendo la frase: “El amor es” una y otra vez. Porque al final es lo que es y está detrás de todo, hay quien lo equipara a un estado emocional pasajero, a un deseo e incluso a un intenso sufrir, lo que está claro es que el amor es, y después de una buena dosis de realidad esa frase adquiere mucho más sentido para mí.

National Geographic

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Sofía Brotóns

Cuando el silencio se vuelve ruidoso

En un mundo en el que a veces la realidad queda reducida a palabras, es fácil verse atrapado en ellas. Y me explico, el ser humano, que es un ser organizado, un “escribidor” de listas del control, un maniático de la palabrería barata, de la retórica, tiende a encerrar la realidad dentro de las palabras para sentir que así, de algún modo la controla. Y esto viene porque leyendo el texto del profesor en el que habla de la importancia del silencio, sin comerlo ni beberlo me he visto inmersa en la definición que un señor con corbata acuña al término, y como dirigida por la inseguridad me he marchado de visita a la Real Academia. La supuesta dueña del saber me ha explicado con esos aires de sabelotodo que el silencio no es otra cosa que la ausencia de ruido. Pues qué bien. Y de la misma forma que cuando preguntas a tu padre si puedes salir de casa y él te manda a tu madre, y ella a tu padre y tú acabas tan mareado que decides quedarte en casa, me he largado en busca del ruido. Que es un sonido inarticulado y generalmente desagradable, me cuenta. Y hala ya está, que me quede tranquila. Pues no.

Quizá es porque me gusta saberlo todo y a veces me voy de lo que en realidad importa y me envuelvo en lo increíble de la imaginación, pero sinceramente, no creo que el ruido tenga que ver con el sonido, ni que el silencio tenga que ver con la ausencia del ruido. Que no he perdido el norte. Me parece más bien que el ruido es sencillamente una forma fácil que tiene el ser humano de aislarse, pero de aislarse de uno mismo y no tanto del barullo de lo que nos rodea. Es horrible enfrentarse a lo que uno mismo es, da miedo mirarse por dentro y ver que no todo son maravillas, que en algún lugar de nuestro interior está ahí latiendo nuestra miseria, una miseria que podemos ocultar a los demás, pero no a nosotros mismos, a no ser que nos llenemos de ruido, claro. Y ese ruido no tiene por qué ser un tema duro de “heavy metal”, ni el verse rodeado continuamente de personas insubstanciales que no callan ni debajo del agua. El ruido es muchas veces un silencio tan profundo y pesado que deja nuestra mente a la altura de la de un pez globo.

El ruido es solo un muro en el que nos encerramos, y las conversaciones vacías, los cascos y la música comercial solo son medios que hace que no nos escuchemos a nosotros mismos. Es cierto que puede ayudar el pirarse a un campo espectacular donde los árboles que caen no hacen ruido porque no hay nadie presente, pero no es una condición indispensable. Ya puedes encerrarte en una cueva durante veinticinco días con el único sonido de tu propia respiración o vivir como una sirena bajo del mar que si no te atreves a escucharte, no te habrás aislado del ruido.

El silencio es música que haga fluir palabras en nuestro interior, son preguntas y sobre todo respuestas. El silencio es el tiempo encarnado. Es paciencia, segundos dilatados. Es lo irracional de hacer del sujeto el objeto, de entregar lo más valioso que tenemos, el tiempo, que no sabemos cuándo se nos va a acabar, a algo cuyo interior puede elevar nuestra autoestima por encima de las nubes o decepcionarnos hasta el dolor. Es la soledad del yo frente al yo, pero que corre el riesgo de caer en el egoísmo de ensimismarnos en lugar de lo que realmente vale la pena, darnos a los demás, pero darnos con todo lo que somos. Ofrecerle al mundo mis maravillas y sobre todo mis miserias, y hacerlo con una sonrisa, una sonrisa como diciendo: “Soy un desastre, pero soy un desastre encantador”.

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Sofía Brotóns

 

http://filosofiaparaelsigloxxi.wordpress.com/ (“El texto del profesor”)

Roma otra vez

Creí que no podría volver a escribir sobre Roma porque sucedieron tantas cosas en tan poco tiempo que se me atragantaron los recuerdos igual que las uvas en nochevieja.

Con el paso de los días, del tiempo muerto y de las horas que vuelven de nuevo a esas agujas pesadas que no les dejan avanzar, he tomado cada trozo de aquel lugar, cada persona y momento y los he dispuesto en mi mente en un lugar en el que permanecerán siempre, como debía ser. No voy a hablar de lo que supone aprovechar una Beca Erasmus, porque qué queréis que os diga, la mayoría no se da cuenta de lo que es hasta que se ha ido, y entonces ya es tarde para volver a empezar, y esa misma mayoría volvería al principio y haría exactamente lo mismo que hizo entonces, y llamadme pesimista, o lo que queráis, que hoy estoy abierta a sugerencias. Hoy sí.

El caso es que esa ciudad a la que llamaba emocionada: “Ciudad Eterna” en el avión que tomé el 1 de febrero se convirtió en pocos días en algo completamente diferente, los monumentos no tenían el encanto que tienen cuando los observas desde casa en la pantalla del televisor acompañados de una encantadora y semitonta actriz, la ciudad no era el romanticismo encarnado en un puñado de piedras vivas, al menos no siempre. Roma se convirtió sin comerlo ni beberlo en mi hogar, en un hogar extraño que a veces me abrazaba entre sus hermosas ruinas y otras me sacudía de punta a punta y entre los balanceos y golpes secos de un metro sucio y repleto de dones y doñas. Y los monumentos ya no se entendían con una idiota vestida de blanco frente a ellos, sino más bien detrás de un incontable número de porqués inmortales, porqués que hablaban de hombres y mujeres que seguían exhalando aliento a través de las rocas muertas.

Lo primero que escribí cuando llegué allí fue que un idealista, uno como yo,  corría el riesgo de perderse en Roma, de perderse en su encanto y dejar de saber quién era, convertirse en un yonki de la apariencia y acabar pasado y hasta arriba. Pero lo cierto es que no hay mejor lugar ni mejor momento que ese para encontrarse a uno mismo.

La experiencia de vivir con personas de todas partes del mundo, cada uno de su padre y de su madre, con sus virtudes, manías y defectos en voz alta, te hace plantearte quién eres, pero sobre todo quién quieres ser. Hay personas que han sacado lo mejor de mí allí, y otras lo peor, pero a fin de cuentas me han dado en pedazos lo que yo soy y creo que todavía no había dado las gracias.

No creo que alguien con medio corazón pueda hablar de Roma sin idealizarla, porque para bien y para mal, para creyentes y escépticos es una ciudad mágica, literalmente. Una ciudad que te lo da todo y te lo quita al día siguiente, que te eleva a lo más alto y te hace creer el rey del mundo por estar allí, envuelto en el romanticismo romano y al segundo te hace pequeño, te dice que no eres más que una mota de polvo en una gran ciudad.

Así que ahora así, gracias, Roma y por favor, hazme volver.

PD: Un saludo a los dos imbéciles por excelencia, que sé que me leéis. Guapos.

Sofía Brotóns

Detrás de las cicatrices

A lo largo de mi corta historia y mi intensa memoria he recibido cientos de consejos de toda clase de individuos. En alguno de los casos el consejo se fusionaba con él mismo hasta tal punto que en el momento en que me lo entregaba a mí, creía verle sangrar. Y me daba un pedazo de él aún cuando estaba sufriendo. En otros casos eran consejos lanzados al aire, como bolas de papel en una clase de primaria, y ellos, ellos no eran más que esas miradas de desconocidos que se cruzan con la tuya en un cambio de trenes.

Al final, consciente o inconscientemente amontoné todas esas frases hechas, refranes populares, palabras sinceras y -en ocasiones- montañas de hipocresía en un rincón de mí misma, hasta conformarme en lo que hoy soy. Un puñado de defectos que se hacen paso en mi cuerpo y en mi personalidad y que al final, se han hecho tan míos, que ya no los considero defectos, porque soy yo misma, yo frente al mundo.

Todos esos pequeños trozos de personas, y esos pequeños trozos de nada en ocasiones me han desgarrado más a mí que al donante, de forma que cada acontecimiento o cada persona que me ha hecho sufrir ha supuesto una cicatriz en mi piel, que a veces enseño orgullosa y otras tantas cubro con el pañuelo del “nunca ocurrió”.

En el fondo sé que cuando deje que alguien cuente y trace con sus dedos cada una de mis cicatrices, esa persona no tendrá que ir descuartizándome en pequeños trozos de yo para saber quién es Sofía Brotóns, esa persona sabrá lo que soy con todo lo malo que ello conlleve. Y podrá quererme entonces, o desecharme justamente.

A donde quiero llegar con todo esto hoy es a algo mucho más sencillo. Lo cierto es que no acostumbro a dar demasiados consejos a las personas, reconozco haberlo hecho antes, pero a día de hoy, debería reconocer que muchos de los consejos que he dado jamás me los he aplicado a mí misma, ni siquiera estoy segura de que funcionen, en ocasiones, he sido una verdadera hipócrita y en otras tantas, he dado consejos creyendo manejar una situación que tal vez y probablemente ni siquiera conociera. Por ello creo que hoy es un gran día, porque dejaré escrito un consejo que espero que alguien tome y se quede así con una parte de mí. Estoy dispuesta a ello, que no quede en el aire, que las palabras no vuelen porque hay algo bello y de peso detrás de ellas.

Si quieres conocer a alguien, pregúntale qué le hace sufrir. Y quizá ahora algunos diréis: “Bien, Sofía, ¿eso era todo?”. Pues sí. Supongo que eso es todo. Pero vaya todo, digo. Y me explico: en el fondo tenemos que reconocer que muchas veces observamos al resto como cuando observamos a esas personas desconocidas y sin vidas aparentes en un cambio de trenes, la vida nos hace creernos que somos el protagonista de nuestro propio drama personal, que el mundo y el otro son escenario y personajes secundarios de lo que nos sucede, y eso está bien, en cierto sentido. Pero de pronto un día te das de bruces descubriendo que llevas toda la vida sufriendo por sentirte demasiado solo, porque o te has complicado tú, o nadie entiende cómo eres, o nadie jamás lo hará, porque a fin de cuentas, lo que te pasa a ti está ahí dentro, encerrado en un espacio inexistente al que solo tienes acceso tú mismo. De modo que nos pasamos la vida exigiéndole al resto que se acoplen a nuestro complicado y especial molde, que nos atiendan, pero sobre todo, que nos entiendan.

Nosotros, aunque podemos querer entenderles, asumimos desde un primer momento que de la misma forma que ellos jamás sabrán “quién” soy yo, con todo lo que ello conlleva, yo tampoco sabré “quién” es él. Pero creedme si os digo que entrando en sus cicatrices, haciéndolo con cuidado, con paciencia y con la fuerza y el interés que provoque dolor en nuestra piel, sabremos a quién tendremos delante, y no habrá hecho falta ninguna palabra, ninguna larga conversación. Si somos capaces de ver el sufrimiento, ahí frente a nosotros, como si fuera un hombre anciano, cansado, que agoniza mirándonos a los ojos y que es tan real como la persona que tenemos delante, seremos capaces de ver a esa persona, de ver cada una de sus cicatrices y de entender quién es y por qué es quien es.

Sofía Brotóns

Et voilà

Ahora que parece que ya puedo hablar, allá voy. Porque en esta sociedad de ineptos con beca subvencionada por imbéciles con corbata parece que solo puedes hablar cuando algo grave te ha pasado, cuando “por lástima te damos este minuto de gloria, para que nos escupas esas palabras tan retorcidas que solo tú entenderás, pero de las que luego hablaremos todos para regozijarnos en nuestra memez infinita y sentirnos un poco más seguros ante este mundo” que, aunque no tengáis ni idea, terminará con vosotros. Y bien, ahora que ya puedo, que tengo esa licencia no escrita en ningún sitio, allá vamos.

Cuando la vida te da un golpe seco, de esos que cruzan el límite de lo ridículo porque es un golpe de verdad, de los que el resto se para a mirarte, pero por preocupación y lástima. Cuando la realidad, de pronto, y sin venir a cuento se te presenta con un nombre horrible que no parece tener ningún sentido y que sin embargo, y desgraciadamente es tan real como la vida misma, en ese momento, justo ahí, os hacéis tan pequeños. Os volvéis diminutos, vosotros y vuestra tontería que se ha vuelto tan idéntica a lo que sois que la confundo con vuestra persona, y a veces, muchas veces, dudo de si lo que tengo delante es una persona o algo tan absurdo y frustrante como lo que viene siendo una pura y real tontería que cabalga sobre una inmadurez inmortal que en pocos años tomará el nombre de: gilipollas a secas. Se trata de una tontería que toma nombre y apellidos y cobra vida para ponerse a hacer el imbécil gratuitamente, y yo digo: tal y como están las cosas, por lo menos poned una gorrilla, ¿no? Consejo.

La vida te da las herramientas para que establezcas prioridades, para que con los años, las caídas, las personas que pasan por el débil hilo de tu existencia te hagan ver dónde y cuando hay que darle importancia a ciertas cosas. Hasta que la lista de prioridades está ordenada, tú solo eres un idiota más dando vueltas sobre sí mismo como una de esas graciosas peonzas de madera, y en verdad, y mientras tanto, en esa terrible Odisea que tú sufres, desconoces que estás siendo observado por algunos que ni siquiera se han planteado la posibilidad de organizar prioridades de ninguna forma. Porque actúan según la circunstancia, según el momento y por supuesto según el “yo” absoluto, aquel que os hace protagonistas de vuestras vidas y al resto solo gente secundaria a la cual podemos hacer aparecer y desaparecer a nuestro antojo.

En el momento en que estás dando vueltas y de pronto y sin querer te fijas en ese tremendo y flotante baile de “yoes” a tú al rededor comprendes que el egoísmo, que en teoría, es un engrandecer el yo hasta que dejo de ver al resto, en realidad y paradójicamente consigue todo lo contrario, empequeñecer a personas, que si quisieran, podrían ser grandes. Pero la ignorancia hace mucho daño, sobre todo cuando la controla un campeón con tupé que se llama Ego.

Y de pronto, en ese instante, en el que tendrías que irte a una esquina a llorar y preguntarte por qué el mundo es así, por qué la inmensa mayoría va a su completo y real rollo tanto y de tal forma que viven engañados en sus minimundos de hipocresía y semifelicidad que ellos mismos han construído, en ese momento sonríes por dentro, sin necesidad de enseñarle los dientes a ningún enterado. La felicidad se presenta ahí, y tú tanto tiempo buscándola. Menudo pringado. Y sales a la calle sin ningún miedo a toparte con nada ni nadie que te estropee un día, porque eres tú el que espera a que sea el día el que se estropee. Y me explico. La felicidad al final no es un placer infinito, lo siento, el placer, por ser placer, no es infinito, y eso va así. La felicidad terrenal es el conjunto de momentos terribles que crees que deberías o almacenar o borrar y de momentos encantadores, la felicidad es también ese soportar al “yo” de turno que te expone su maravilloso mundo sin importarle que “et voilà” tú también estás dentro de él, la felicidad es un tremendo y constante comprender a base de golpes lo que es en realidad la vida.

El secreto de vivir es solo una falacia que inventó algún arrugado de Hollywood. La vida no tiene ningún secreto, pero tampoco te da las cosas en bandeja. Tienes que sufrir, toparte con mucho imbécil, besar a muchos sapos, recorrer mucho camino y así con muchos otros refranes modernos, hasta llegar al punto en que el mero hecho de salir a la calle y respirar te produzca una satisfacción que no se ve por televisión, una que nadie ha escrito ni ha esculpido, que está dentro de ti, y no para quedarse ahí, si no para dársela a los demás y dejar ese estúpido baile de “yoes” al que vivías aferrado, y descubrir que escuchando un poquito a los demás no solo harás crecer ese “yo” del que tan enamorado estabas, sino que además conseguirás el milagro de al mismo tiempo hacerte diminuto ante la realidad de la vida.

Lo que quiero decir con todo este lío, queridos, es que por muy grande que te parezca un problema, por muy incomprendido que te sientas, por muy víctima que te vuelvas ante esta sociedad tan maravillosa y sin embargo y tantas veces compuesta por imbéciles entrañables, siempre habrá una realidad más grande que te haga abrir los ojos y descubrirte frente a lo infinitamente mejor que es escoger ser feliz, porque os digo yo, que sí que está en vuestras manos. Y con esto y un bizcocho… En fin, que ya está. Ahora ya podéis regocijaos, hacedlo.

Sofía Brotóns

Incluso las alcachofas tienen corazón

Un artista sabe mirar, no tiene prisa por llegar a ningún lugar porque prefiere entretenerse en los pequeños detalles de la realidad e introducirse en un mundo infinito de posibilidades por cada mota de ser que se antepone en su mirada, de modo que todo lo que hace lo hace con amor y en el fondo, y aunque él no lo sepa, también por amor.

A veces, muchas veces, me quedo un rato leyendo frases escritas por hombres y mujeres que se encontraron solos y ante la soledad se abrazaron al abismo de las palabras y a los mundos que a través de ellas se puede llegar, y que por eso recibieron el nombre de artistas. Y las digo en voz alta, pero sin mirarme el espejo, escuchando mi voz, que entonces suena tan vacía, impersonal y perdida que se escapa en el aire, y lo hago hasta que las palabras pierden sentido. Las repito una y otra vez, repasando cada una de sus sílabas y buscando algo que es difícil de encontrar, lo hago hasta que me siento esa niña con flequillo que daba vueltas sobre sí misma hasta que tenía ganas de vomitar.

Cómo es posible que alguien arrancara esos trozos de sí mismo componiéndolos en un conjunto ordenado con la intención de dárselo a los demás, ¿no os parece algo maravilloso? A mí desde luego me hace sonreír. Esto viene porque hasta hace unos días no creía que fuera capaz de escribir ofreciendo trozos de mí. De pronto y literalmente, me desperté harta de ofrecérselos a alguien que no los quería. Qué exagerada.

Y otra vez ese hombre cuyas arrugas solo le hacen más bello me mira y me lo explica con tanta paciencia que hasta me hace sentir estúpida. No importa el valor que yo le haya dado a determinados momentos o a determinadas personas si después voy a meterlos en una caja con indignación y orgullo para que nadie sepa que para mí fueron importantes. Es esencial que cuando una persona supone algo para ti, lo sepa. Que cuando un momento es perfecto, lo guardes, sin encerrarlo en ese baúl tan traidor de los recuerdos. Aunque creas que esa persona no es capaz de asimilar cada uno de tus sentimientos, de alguna forma lo que le digas le hará comprender parte de ese diminuto trozo de ti que le estás dando, porque al fin y al cabo y como le dice Amelie al señor Collignon: “Incluso las alcachofas tienen corazón”.

El Tiempo lo sabe, no podemos controlarlo todo, ni planificarlo todo. Las personas no son lo que queremos que sean, porque son libres, o no, porque amamos, porque algunos no, porque nos equivocamos y a veces por puro placer. De modo que si en algún momento alguien es importante por ti, dilo sin miedo a sentir la humillación de no ser comprendido, porque al fin y al cabo eres tú quien está viendo ese rayo de luz tan bello a través de la maleza, y si no lo dices, nadie lo hará por ti y el rayo, bueno, será como si nunca hubiera ocurrido, porque solo lo has visto tú, y en ti está el poder o la decisión de hacérselo ver a los demás a través de una realidad que si bien es menos palpable, al menos se puede leer.

Podéis pensar que es absurdo escribir o hablar a fin de transmitir si después no hay nadie al otro lado capaz de entenderlo. Pero no es cierto. No lo es, porque al final y tras el caminar del Tiempo, en algún lugar, un gracioso personaje leerá tus lineas y acariciará tus palabras con sus labios, repitiéndolas, desgastándolas y con la desesperada intención de sentirlas bajo su piel de la misma forma que tú lo hiciste.

Sabéis, me divierte pensar que la vida es como un carrusel, pero esto ya es otra historia y ya es tarde.

carrusel

Sofía Brotóns

Bienvenidos a la memez retórica

Definitivamente es necesario estar al tanto de todas las estupideces que alguien tenga que decirte. No hay un “basta” posible a las estupideces escupidas por segundo por la bocaza de un sabelotodo que no sabe nada, y no lo hay precisamente porque tu capacidad de aprender algo de ese incómodo y trágico momento para tu paciencia es proporcional al tiempo que resistas frente al sujeto en cuestión.

Uno no puede pretender que a lo largo de su vida nadie le diga jamás una estupidez, algo injusto y que viole la lengua, las artes y las ciencias, no puede, porque al fin y al cabo todos terminamos por decir estupideces en algún momento. De modo que lo educado, cortés e inteligente es sin duda escuchar ese aparente momento de lucidez de alguien que no puede dejar de hablar como consecuencia de que su ego haya perdido el norte dándole cuerda al asunto. Hay que callarse, atender, asentir y si se presta oportunidad, sonreír ya de paso. Aplaudir ya es excesivo.

Normalmente las estupideces vienen seguidas de un “no te he escuchado y -ojo- no tengo ninguna intención de hacerlo” y acompañadas de un “espero que mis estupideces hayan recorrido hasta el último rincón de tu minúsculo cerebro”, de modo que es fácil identificarlas. A partir de ahí solo hay que escuchar.

Me sorprende porque hace poco más de un año yo era incapaz de escuchar algo que sobrepasara los límites de mi paciencia. Entonces no conocía el placer de la discusión, el baile de palabras en sutiles ironías balanceándose de boca en boca. Aunque también es cierto que para que el arte de la discusión sea posible es necesario que los “discutidores” en cuestión sepan, en efecto, “bailar con las palabras”, y no lanzarlas como piedras. También hace un tiempo era incapaz de atender a algo contrario a mis percepciones. Entonces yo también decía muchas estupideces. Porque al fin y al cabo las palabras son un viaje muy barato a la  vulgaridad y la eternidad de la ignorancia si se usan con prepotencia, y ya sabemos que todo lo que viene seguido de “gratis” es una elección natural de nuestros limitados corazones.

Supongo que un día simplemente guardé silencio, o supongo -mejor dicho- que un día alguien con agallas me mandó callar y yo -menos mal- le hice caso, y de pronto me topé con que quizá esa persona podía tener razón, y yo con “mi verdad” por bandera. Qué vergüenza. El caso es que supongo que en aquel momento también me planteé la posibilidad contraria. De acuerdo, yo me callaba, escucharía, no interrumpiría, pero ¿y si mi valioso silencio iba a ser cubierto por estupideces lanzadas a ninguna parte y con el único interés de dañar? y et voilà! mi lado positivo -que últimamente florece más que nunca en esta Ciudad Eterna- me recordó que las estupideces a menudo nos ilustran más y mejor que las palabras meditadas y razonadas.

La vida, como un padre que le quita las ruedas pequeñas a la bicicleta de su niño, te pone a prueba aunque sepa que vas a caer. A lo largo de los años descubres que es fácil tomar cariño a alguien y de que esa facilidad resulta al final el talón de Aquiles de toda relación, que las personas no son lo que esperabas, que no son más, ni menos, sino que son otra cosa y que si te decepcionas por no encontrar lo que buscabas terminarás viviendo en la pura y total decepción. Por tanto, es necesario estar dispuesto a escuchar estupideces y sobre todo a no hacerlo con hostilidad, sino con verdadera paciencia, la misma que otros han tenido contigo cuando has sido tú el lanzado al maravilloso espectáculo de la memez retórica, porque al final la vida es un pedir perdón y un perdonar continuo. Y en verdad no importa cuántas veces te duela algo si de ese dolor se sacan textos así, bendita escritura.

Hoy lo he estado pensando muy seriamente. Mantener la boca cerrada cuando en una discusión las palabras desbordan no solo es lo más inteligente, sino que en muchas ocasiones es la única opción que tenemos de no salir desquiciados. Seguramente de entre todas las estupideces que alguien pueda escupir, y aunque más de la mayoría tengan como única intención dañar, puedes sacar algo en claro, una moraleja, un refrán o hacer dos rimas tontas y una canción para tararear los domingos lluviosos, yo qué sé.

Sofía Brotóns

Un paraíso privado, exclusivo y egoísta

Después de aproximadamente dos siglos aquí estoy, y digo dos siglos porque me parece una eternidad el tiempo que he tenido que esperar para reencontrarme con el maravilloso milagro de la escritura. Este enorme paréntesis está justificado: estoy en Roma, en Roma por fin, de modo que iré por partes.

El día 1 de febrero, un 1 de febrero tremendamente caluroso en Valencia tomé el vuelo que me llevaría al otro lado de la orilla, a una orilla fría e impredecible llamada Roma. No muy lejos en espacio, pero a una eternidad en el tiempo. Y por fin en tierra, allí donde la Historia se te presenta con nombre y apellidos nada más salir del aeropuerto, donde entre la muchedumbre puedes fundirte y de pronto pasar a ser nadie, donde desaparecer es la ley y donde no importa cuántos mapas se acumulen en las mesillas de las estaciones, porque te vas a perder igual, te vas a perder tanto que terminarás por encontrarte a ti mismo y creerás encontrar en ti lo que jamás encontrarás en otra persona, porque el misterio de Roma te habrá engañado, porque, en efecto, estarás perdido.

Roma es como una mujer hermosa, te quedas prendado de su belleza y no te interesa nada más que observarla, no quieres saber cómo se ha convertido en lo que hoy es, solo sabes que quieres estar ahí junto a ella y desaparecer. Y en ese preciso momento es cuando cometes el error más grande del mundo, te pierdes. No hablo de una pérdida física, de no encontrar la Piazza del Popolo por estar despistado mirando los girasoles que brillan soberbios en una fría mañana de invierno, hablo de una pérdida mucho peor, te envuelves en su belleza y no prestas atención a lo más importante: la vida que hay en Roma, la que hace que su corazón lata y la que emite el aire que los romanos respiran, hablo de cada una de las personas que forman esa tremenda masa de “Don Nadies” que muy lejos de serlo, están ahí esperando que alguien les preste atención entre tanta piedra pesada.

La soledad interior en Roma es un lugar maravilloso, un paraíso privado, exclusivo y egoísta, pero al fin y al cabo, placentero. Me niego a perderme aquí, no sin compañía, me gustaría poder encontrarme al tiempo que encuentro a alguien más. Estoy dispuesta a descubrir hasta el último soplo de vida en Roma, así que de una forma u otra os pido que no dejéis que me pierda, no en este maravilloso lugar.

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Contraste

Volviendo a casa, cruzando el puente de Palm Beach, el más grande de todos, me sorprendí conmovida por las luces,aritificiales, las de los edificios, luego esas bombillas que rodean las palmeras en Navidad, y aquí lo hacen durante todo el año. También las luces de los coches. El coche de un tal William haciendo marcha atrás. Y de repente, fuegos artificiales. El reflejo de mi reloj en el espejo, y esa mirada perdida de una chiquilla rubia platino. Arriba, las estrellas, y por supuesto la luna. El resto, oscuridad. Y conmovida pensé que era precioso. De pronto se me pasó por la cabeza tal idea. Si todo fuera luz, ¿sería tan hermoso?, por supuesto lo sería, pero quizás no sabríamos valorarlo. Y por eso necesitamos oscuridad, porque el ser humano se vale de símbolos, necesita que las cosas que dice y hace tengan algún sentido trascendental, y resulta que esto lo tiene más que ninguna otra cosa. El mal, la oscuridad. La Verdad, el Bien, la Belleza, la Luz. Cuando alguien está sano y feliz es bonito contemplar la armonía de su vida, es fácil. Pero qué hay de aquel que sufre, qué hay de ese tú y tú compartiendo un sufrimiento, de tal forma que se separe en partes más pequeñas siendo más soportable. Qué hay de esa vela en la oscuridad. De aquel que ayuda al otro por complicado que sea el momento. Y ese es el contraste. Por eso hacemos luz cuando es de noche. Por eso nos gusta brillar sobre lo oscuro. Por eso existen las velas, las lámparas y las farolas de colores, los farolillos con bombillas en feria, y esas luces finas colocadas en las paredes de la piscina.

Sofía Brotóns

El tiempo no cura ninguna herida

Reloj de arena
El tiempo no cura ninguna herida. Las heridas las curan las personas. Y no quiero relojes porque el tiempo no existe, odio el tiempo porque deseo que no exista, y así es como es y debe ser. Lo odio por su sin sentido y por ese afán de correr a todas partes sin esperar a nadie, porque avanza impasible ante tus ojos mientras observas como un imbécil. Porque en Suiza se forran a costa de él, porque nunca nos ha ayudado a nada más que a sentir que se nos ha escapado la vida. Porque provoca arrugas y patas de gallo, y hace que eches de menos, que añores. A veces nos hace llorar. No le importas, no le importa nadie, y su único objetivo es encerrarte en un ciclo ilusorio de “pasado”, “presente” y “futuro”, y digo ilusorio porque al fin y al cabo es siempre pasado, y nunca, jamás futuro. Pero hace unos días, un hombre mayor, con la voz pausada y de porte aburrido me hizo pensar en él, a mi pesar.
“En una isla habitaban tanto lo bueno como lo malo, debían marcharse y cada uno cogió un bote para partir. El Amor se quedó sin bote, y por tanto no podía abandonar la isla. El Amor, angustiado, preguntó a la avaricia si podría llevarle con él. Esta rápidamente se lo quitó de encima, afirmando que llevaba tanto oro y tanta plata en el bote que un pasajero más provocaría que todos se hundieran. El Amor, sin perder el ánimo corrió a preguntarle a la tristeza. Esta, sintiéndolo mucho le dijo que preferiría ir sola, pues estaba muy triste. El Amor lo comprendió. Marchó y fue a preguntarle a la Alegría, pero estaba tan contenta que no pudo oírle. Ya cansado, el Amor, preguntó finalmente al Orgullo, este sin tan siquiera mirarle, respondió que eso no era posible; llevaba el barco muy ordenado y no quería que nadie lo estropeara todo. El Amor, desconsolado, se sentó y no preguntó a nadie más. Un hombre anciano, que le había estado observando, le pidió al Amor que fuera con él, que él le llevaría. Cuando llegaron a su destino, el Amor quería saber quién era aquel que le había ayudado, pero este ya se había marchado.
– ¿Quién es ese que me ha ayudado? -. Preguntó al Saber
– El Tiempo te ha ayudado-. dijo este
– ¿El Tiempo?-. preguntó desconcertado. ¿Por qué él?
– Porque sólo el Tiempo es capaz de comprender cuán importante es el amor para la vida de las personas”.
Sofía Brotóns

¿Por qué ondeas esa bandera?

Podrías haber nacido en cualquier lugar del mundo, y sin embargo estás aquí ondeando una bandera que supuestamente te representa y matas y mueres por ella. Podrías no ser quien eres, odiar lo que amas hoy y desear lo que repudias. Podrías directamente no estar, pero sin embargo estás. No tener en tus manos lo que hoy te ofrece la vida, podrías haberlo perdido todo e incluso no haberlo tenido jamás. Y es precisamente porque estás, porque eres tú, porque ondeas esa bandera, porque tienes, porque eres feliz, porque lo eres y porque no lo sabes. Por eso, es por eso por lo que tienes una obligación. Una obligación que puede suponer dos respuestas, la primera la sabes, la de huir, la de siempre. Y la segunda bueno, la segunda requiere más esfuerzo, como todas las cosas bellas. Buscar aquí, a pie de calle, buscar allí donde no haya alguien sonriendo y solucionarlo. Enseñarles la realidad, iluminar. Porque tienen los ojos abiertos pero no ven nada.

Sofía Brotóns

Fotografía obtenida de http://anatman.blogia.com/

Fotografía obtenida de http://anatman.blogia.com/

La verdad de las palabras

Es verdad que el artista se enamora de lo que la naturaleza le ofrece para mostrar quién es y qué quiere contarnos. El pintor; de la luz, el cocinero; de las especias, de los aromas, el bailarín; de la música, y el escritor, el escritor se enamora de las palabras. En cierto sentido todos somos artistas, artistas que participan de la gran obra y artistas que, con suerte, tendrán la oportunidad de dejar su firma antes de partir, la firma que como la de Van Eyck en la obra “El matrimonio Arnolfini” diga: “Yo estuve aquí”.
Leyendo “Vaguedad” de Russell advierto que quería decirnos algo, tenía algo en mente que quería que supiéramos, que entendiéramos, y tomó unas cuantas palabras y las dispuso perfectamente sobre el papel, para que yo hoy pueda leerlas y tratar de comentar qué me sucede a mí al abstraer lo que ahí hay plasmado, que pueda comprender qué quería decir cuando hablaba de la vaguedad del lenguaje, cuando explicaba el problema de la falta de precisión y cuando decía que quizá la lógica solucionaría parte del problema, pero no todo.
Cuando empiezo a escribir comienzo dándole vueltas al asunto que quiero abordar, vagamente. Leo lo que he dicho y lo hago entonando de diferentes maneras para verlo desde diversos puntos de vista; borro, tacho, releo, anoto y finalmente concluyo y observo el conjunto -como quien admira un cuadro impresionista- y me sonrío. Imagino que cuando Miguel Ángel liberaba las hermosas figuras de piedra, a las que él daba vida, hacía lo mismo que yo: pulía y terminaba. Y así lo hará el pintor, y también el cocinero cuando añade una pizca de sal. Queremos precisar qué queremos mostrar, lo necesitamos, y sucede así porque en algún lugar de nuestro interior está exactamente eso que sentimos delimitado de cabo a rabo, sin rastro de vaguedad, y ansiamos contarlo, nos parece casi una obligación, pero el lenguaje no siempre es la mejor opción. Russell tomó la lógica, yo, las palabras, y cuando no lo consigo, los silencios.
No somos solo animales racionales, somos animales simbólicos. Esa definición encierra mucho más que la belleza de lo que hace que nos conformemos como personas. En nuestro interior sucede algo más que una serie de reacciones químicas, algo más que relaciones neuronales, y sucede algo que como tal lo hemos situado en un lugar, un lugar al que hemos dado el nombre de alma. Y es ahí exactamente, cuando reflexionamos sobre nuestro yo, cuando nadie está mirándonos, es en ese preciso momento cuando estamos siendo nosotros mismos. Pero no podemos quedarnos ahí, uno no puede simplemente observarse a sí mismo, curiosearse. No puede, ni quiere. Queremos contárselo a los demás. Necesitamos decirles quiénes somos, por qué estamos aquí, por qué sufrimos, a qué tememos y qué estamos buscando. No me gusta la lógica proposicional. Entiendo su utilidad, comprendo la ocurrencia de su invención, pero no me gusta. Y por eso trato de decir qué me está pasando sirviéndome de las palabras, y cuando estoy contenta bailo y cuando estoy nostálgica invento una canción, y la canto. Y no es verdad que no podamos expresar lo que pretendemos, no es verdad, porque somos capaces de precisarlo de otro modo, ni con la lógica proposicional, ni con sistemas reduccionistas que hacen que se pierda el jugo de lo que tratamos de contar, somos capaces con nuestras manos, con nuestra voz, con nuestra mirada, con nuestra risa.
El problema acontece cuando parece que hemos agotado los medios, cuando la melodía culmina, cuando cesan los colores y cuando las palabras se callan. La realidad no es vaga, como dice Russel, la realidad, el ser, está ahí esperando ser conocido, la cuestión radica en lo limitado de nuestro conocimiento. Entre la verdad y nosotros hay una especie de familiaridad ontológica que hace que queramos buscarla, encontrarla y amarla. El hecho, además, es que sobre las realidades abstractas tenemos más palabras que decir, nos resulta más fácil hablar de ellas, mientras que sobre lo concreto caemos más a menudo en el error, y aquí es exactamente cuando vislumbramos lo que quiere decir Russel cuando habla de “vaguedad”. Podemos tratar de “hablar” de Belleza pintando un hermoso paisaje, de lo Uno trazando un punto, golpeando un tambor con un golpe corto y seco, podemos “hablar” de Bondad componiendo una melodía, “hablar” de Dios empleando la analogía, pero no podemos agotar aquello que estamos tratando, el Ser es inagotable.
Y es ahí precisamente donde radica la grandeza del ser humano, esa grandeza reside en que, habiendo admirado el Ser, se descubre como participante de Él. Se sorprende pequeño y dependiente. Advierte el papel que toma en la mayor de las obras, comprende su naturaleza y se descubre a sí mismo.
Sofía Brotóns
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Pragmatismos y relativismos

Hace no demasiado tiempo, el suficiente para ser capaz de recordarlo, conocí a un hombre, alguien que me hizo comprender que el mundo desde otros ojos no tiene por qué ser falso, que tampoco es otro mundo verdadero, que no es otro. Que es el mismo, pero a través de sus ojos. Yo era muy pequeña para comprender que en el verde de su mirada había un alma reflejada, era incapaz de ver que no solo lo que decían papá y mamá era lo real, que había quien sabía otras cosas, que había ojos, como los míos, contemplando la maravilla de la creación, que querían ser escuchados, que querían contárselo al mundo.

 Es verdad que la palabra “pragmatismo” es fea y que “pragmaticismo” lo es aún más. Suena como si alguien con la boca llena tratara de decir algo coherente. Creía que no sacaría nada en claro del ensayo que hemos leído, que lo analizaría, que lo estructuraría en unos cuantos párrafos y luego escribiría una conclusión breve y sin fondo. Pero no ha sido así, me he acordado de él, de sus ojos y de cómo se veía el mundo a través de ellos.  Era poeta, decía que no podía dejar de escribir. Versos y versos plasmados sobre papeles sucios y arrugados. Algunos  de sus poemas parecían absurdos, me hacían reír. Hablaba de tortugas marinas, de que tenían la piel estirada por la sal del agua del mar, de que tenían miedo, de que huían, que buscaban la luz. Y yo me preguntaba qué se le habría pasado por la cabeza a ese pobre hombre para escribir tales estupideces, pero lo cierto es que no podía dejar de leer, no podía y no sabía por qué.

 Y no podía porque lo que contaba era verdadero. Porque detrás de esos renglones que hablaban de galápagos fugitivos se encerraba una verdad, que no era un añadido a la que yo ya conocía, que era la misma, que era la Verdad que me hablaba a través de sus ojos verdes. Comprendí que yo también podía tomar parte de esa importante labor que se me presentaba, descubrí que somos nosotros quienes damos color a la Verdad. Entonces fue cuando desempolvé el ordenador viejo que había en casa y empecé a escribir. Me sorprendí plasmando verdad con menos de quince años, una verdad que si bien necesitaba ser pulida, era tan válida como la que se observa en las obras de los grandes literatos. Y que no era mi verdad, que era una cuestión de miradas, de miradas distintas de una única verdad, de la Verdad. Que era un diálogo eterno entre las personas, que siempre había estado allí, que lo estuvo desde que el primer hombre abrió los ojos y miró el espectáculo que ofrece la vista, desde que alguien comprendió que escuchar puede ser muchas veces mejor que hablar. Comprendí entonces que tan solo era el comienzo de un enriquecimiento inagotable, que me había topado con la Verdad. Y ahora al leer el ensayo del profesor, que me habla de un pragmatismo cooperativo, me vuelvo a topar con ella, y de pronto el pragmatismo no parece tan desagradable.

  La Verdad está esperando a ser conocida, no por alguien afortunado que sea capaz de abarcarla, está esperando a ser conocida por la humanidad. Y tiene razón Pedro Salinas en que “todo lo sabemos entre todos”, porque nosotros que naturalmente buscamos y amamos la Verdad somos distintos, tenemos distintas miras. Es tan verdadero el espectáculo de las tonalidades verdes de los árboles observados desde el cielo, que el espectáculo de zapatos con prisa que se observan desde los ojos de un mendigo tendido en el suelo. Y la Verdad, aunque hay una, se presenta de distintas formas, ilumina con distintos filtros, filtros que son nuestras miradas, porque no somos todos iguales. Porque el poeta en el galápago ve más que yo, que no lo soy. Porque en el agua el marinero ve reflejada una verdad tan profunda y verdadera como la que ve el químico analizando su estructura a través de un microscopio. Y el filósofo vio siempre el mismo sol que hoy nos ilumina, solo que se preguntó el porqué, pero no dijo algo distinto, no creó una nueva verdad, se limitó a observarla y se enamoró de ella, y buscándola trató de saber amarla. Desde el primer momento en el que el hombre se planteó algún porqué, desde aquel instante en que quiso plasmar lo que veía, en el que sintió que el corazón se le aceleraba ante la contemplación de una gran verdad, desde entonces hay filósofos. Y mientras el hombre sigua buscando y amando a la verdad, ya sea en obras de arte, escritos, acciones o palabras, seguirá habiendo filósofos y la Verdad seguirá haciéndose eco.

Sofía Brotóns

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Por culpa del lenguaje

El problema de la verdad ya es bastante controvertido como para introducirlo en paradojas lingüísticas, pensarán algunos. La cuestión radica precisamente ahí. Cuando el hombre se pregunta de dónde viene y a dónde va, lo hace con palabras. Cuando sigue descubriendo que lo que es no puede no ser y que lo que no es no puede ser lo plantea mediante el lenguaje. Y cuando el verdadero filósofo lo es en verdad trata de comunicarle lo descubierto al resto, como si se tratara de una obligación, y lo hace por medio del lenguaje, porque quiere ser escuchado, porque quiere ser entendido. Y es cierto que muchas de las ocasiones en las que el filósofo se ha visto en un callejón sin salida, en un cara a cara frente a la nada ha sido por culpa del lenguaje, por culpa del lenguaje o más bien por culpa del uso que se ha hecho de él. Luego cabría plantear si la culpa no es más bien del hombre, del hombre y de sus limitaciones.

En el artículo “Análisis y verdad” se plantea la posición de Austin frente al problema, sus aportaciones y las discusiones a las que estas le condujeron. En un primer momento, tal y como apunta el profesor, lo defendido por Austin se caracteriza por la polémica que existía entre él y el pensamiento de Strawson. Si analizamos tal dato, caeremos enseguida en la cuenta de que lo que realmente subyace ahí es un diálogo, un diálogo entre dos personas que tratan de llegar a una conclusión. Cuando discutimos vamos puliendo aquello que queremos decir, rectificamos si lo que el interlocutor dice nos parece interesante o válido y llegamos incluso a cambiar de opinión, a escoger otro camino. ¿Y no es eso precisamente la búsqueda de la Verdad? De modo que debemos aceptar que el lenguaje no es infalible pero es, por el momento, de lo que nos valemos para hablar de verdad.

 Estamos tan acostumbrados al uso de las palabras que olvidamos su valor, que las encuadramos todas juntas en un esquema en el que son lo mismo y en el que a veces introducimos nociones que son, en efecto, más que meras letras unidas que podemos pronunciar y dar sentido. Me refiero a la noción de verdad. Quizá el problema esté en querer esquematizar todo y cuanto tenemos en nuestras manos, tal vez es porque no advertimos que la verdad se nos escapa, porque no advertimos que la verdad trasciende de lo que podemos palpar. Que no es que no debemos buscarla porque no la vamos a encontrar. No es eso, sino que, como se ha apuntado durante el curso, es inabarcable. Y comprendo la necesidad imperante de muchos filósofos en tratar de enmarcarla, de denominarla una relación entre proposiciones, un nombre propio, una cualidad común, o cualquier término que nos sea conocido para que cuando hablamos de ella no caigamos en el error de no saber de qué estamos hablando.

 Probablemente uno de los filósofos que más ayudó en esta polémica cuestión fue Santo Tomás de Aquino cuando habló de verdad lógica, verdad ontológica y verdad moral. Atendiendo a esta distinción lo que Austin defiende, y yo me pongo de su lado, es lo que refiere a la verdad lógica, la adecuación entre la cosa y el intelecto, o lo que es lo mismo: la adecuación entre las palabras y el mundo. Y puede que ahí radique precisamente la fuente del error, en que por el hábito del lenguaje al que estamos acostumbrados nos creemos una especie de mundo lingüístico con una serie de relaciones y reglas que nos lleven a decidir si tal enunciado es válido o no. Todo este procedimiento, a menudo empleado por la lógica, es útil, es práctico, pero el inmiscuirnos demasiado en él nos hace olvidar lo esencial. Y es que todo ello que hemos creado, todas esas normas del lenguaje de las que nos servimos no son el fin, sino el medio para acercarnos a la Verdad.

Amamos la Verdad, estamos inclinados a ella y buscamos los medios desesperadamente para encontrarla, y olvidamos que muchas veces en ese proceso de búsqueda perdemos lo esencial. Quizá deberíamos olvidar tantos esquemas, vivir, observar y amar, porque solo amando uno se asemeja a lo amado, y porque es así cuando uno no pierde lo esencial. Teniendo el punto de mira fijo en aquello que buscamos, en la Verdad, no olvidaremos por qué comenzamos ese camino. Y los medios los valoraremos pero a su nivel correspondiente. Y con las palabras sucede lo mismo y con más razón, tendremos que amarlas también para comprenderlas, para saber emplearlas, y cuando nos lleven al punto equivocado nos echaremos la culpa a nosotros, por nuestro afán incontrolado, y no a ellas que no hacen más que servirnos. Austin sabía cómo buscar, y miraba a las palabras viendo tras ellas el mundo del que nos hablan.

Sofía Brotóns

PALABRAS

 

 

Estación de Atocha

Normalmente todo el mundo está dispuesto a ayudar. Nadie tiene inconveniente en tenderte una mano si caes, y además, por lo general, si te deja caer, no se sentirá precisamente bien. Siempre habrá quien deposite alguna moneda en la colecta de los domingos, o en las manos de un drogadicto en potencia, o en las de una pobre mujer que simplemente tiene hambre, o en las de un niño que quiere un helado de chocolate. Cuando vuelvo a casa siempre hago una parada en la estación de Atocha, en Madrid. Me gusta estar aquí. Sé que es demasiado mítico el romanticismo que desprenden las estaciones. Habrá cientos de escritos, un trillón de libros y poesías que hablen de estaciones, de las personas que pasan por aquí. Pero no me extraña, hay que estar loco para no hacerlo.

Es una procesión de colores, de zapatos con prisa, de personas que van de un lado a otro. La mayoría sabe hacia dónde se dirige. Algunos parecen perdidos, pero cuando cruzas la mirada con ellos, en seguida cambian de expresión, como si quisieran decir: “Sé perfectamente dónde estoy”. De vez en cuando hay quien parece venir a pasear, caminan despreocupados y apenas llevan equipaje. No me parece raro. Si yo viviera en Madrid, también pasearía por Atocha.

 No es sorprendente ver a algunas personas que comen en soledad, que miran al vacío no esperando nada, o que se refugian en el teléfono móvil o el ordenador para no estar, en efecto, tan solos. Pero están ahí, dispuestas a cualquier cosa. Estoy segura de que si fuera una por una pidiéndoles ayuda para lo que fuera, todas o casi todas responderían con un rotundo: “Sí, por supuesto que sí”. Les miro y pienso: después de todo el mundo no puede ser tan malo como lo pintan. Y paso horas sentada observándoles, esperando escuchar esa dulce voz de una señorita ausente que me diga cuál es el tren que debo tomar.

Hoy dos grandes verdades se han hecho eco en mi cabeza, que ha mecanografiado mentalmente esto que os cuento para después transcribirlo al ordenador. La primera verdad es que las personas son buenas, que por eso el mundo lo es, y la segunda y la más importante es que tenemos que estar solos, que debemos saber cómo estar solos. Porque si no fuera porque yo adoro la soledad jamás habría observado a estas personas y nunca a través de estos ojos. Estar solo es necesario, amar la soledad también. Y como siempre, no una soledad egoísta que no quiere a los demás. Hablo de esa soledad observadora, de la que te dice cómo eres tú. Esa que te invita a conocerte para que así puedan conocerte también los demás.

Estos son los pensamientos que me han estado rondando en la estación, y qué bien me siento ahora, ahora que os los puedo contar.

estacion de saint lazare monet

Sofía Brotóns

 

 

“El amor está en todas partes”

“El amor está en todas partes.” Así empieza una de mis películas preferidas, una de las que me hacen llorar a moco tendido cuando ya creo haberlo perdido todo. “El amor está en todas partes”, y aparece una entrañable imagen en la pantalla. Un aeropuerto, cientos de reencuentros acompañados de frases dramáticas y descaradamente manipuladoras. Y de pronto la atmósfera te envuelve, y ahí estás, frente a la televisión con un tremendo nudo en la garganta que te hará llorar por personajes que ni siquiera existen.

De verdad que no miento cuando digo que amo a todo el mundo. No trato de tirarme flores. Amo los andares de algunos hombres, esa forma que tienen de levantar la ceja las mujeres atrevidas y sin pelos en la lengua, las risas, el sufrimiento que comporta la vida, amo a las personas por lo que son, por lo que son capaces de ser y no por lo que tienen. Pero, ¿para qué engañarnos? También me sorprendo indefensa ante la falta de un amor de los que hablan todo el rato mis películas favoritas de lágrima fácil. Y como si en una psicoanalista me hubiera convertido, me descubro realizando la mayor introspección que he hecho jamás, un viaje hacia mi intensa memoria y mi corta historia, y entonces me reprocho: Sofía, ¿por qué no puedes amar? (en el segundo sentido del que estamos hablando, claro) y ahí está él, de pronto, frente a mí, con esa sonrisa absurda y esas odiosas gafas. Y “et voilà”, parece que me habla y que me dice: “Destrozar a una mujer una vez es solo el primer paso para que ella se convierta, en adelante, en una mujer destructora”.

Sofía Brotóns

 

Peor que las drogas, la envidia

Convertir la envidia en admiración, una práctica poco frecuente y sin embargo muy necesaria. Es alucinante la cantidad de cosas que somos capaces de hacer y decir por envidia. A menudo escuchamos que no hay nada más feo que ese sentimiento, que no hay nada tan malo o ruin. Ni malo, ni ruin. Es triste. Es puñeteramente triste que alguien tenga que hurgar en los más sutiles defectos de alguien para contrarrestar todo lo envidiado. Y es triste precisamente porque creyendo que destroza al otro no sabe que se destroza a sí mismo. Lo idílico sería que esa persona abriera los ojos y descubriera que no tiene por qué envidiar, porque él mismo es único, porque de aquí a que la Tierra se desvanezca no nacerá nadie como él jamás, que deje o no su huella siempre existirá el hecho de que nadie pisará como él pisó, que nadie dijo lo que él habló, que nadie estuvo como él vivió.

Eso es lo idílico. Pero todos sabemos que de ilusiones viven muy pocos y que la gente mata por dosis de realidad, de esas de ladrillo en la cara. Mi consejo entonces es que busques seguridad en otra cosa que en destrozar a alguien; que si tiemblas, te controles; que si tienes miedo, te escondas; que si buscas defectos, empieces por ti; que vivas y que dejes vivir.

Sofía Brotóns

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Prefiero volar

El tiempo vuela por encima de nuestras cabezas, señores. Ya estamos a 31 de julio y no he hecho absolutamente nada de lo que me había propuesto. Y vale que odio la planificación, y vale que ese odio está totalmente justificado, pero ¿esto? Los libros que quería leer, las playas que quería visitar, las personas que quería conocer se han quedado en un rincón junto con mi lista del “deporte del verano”, y sí, podéis reíros, tenéis mi permiso y todo el derecho. La vida, como el verano, es probablemente menos que ese tan usado y desgastado “abrir y cerrar de ojos” que usan las personas adictas a las frases hechas. Y os prometo que tiemblo de imaginarme con esas arrugas tan graciosas y con la vista puesta en mis nuevas zapatillas de estar por casa.

Si todo va bien, bueno, mejor dicho, si todo va maravillosamente, mi vida durará tres o cuatro veces los 20 que tengo ya. Y esos 20 se concentran en dos o tres momentos increíbles, en unos cuantos besos, alguna carta, las personas que me rodean y en la que yo me he convertido. ¿Entonces era esto? La vida. ¿Nacer para esto? Eso es probablemente lo que se os habrá pasado por la cabeza a los que me estéis siguiendo el rollo hoy. Pero como hoy, y por qué no, siempre, estoy de buen humor, démosle la vuelta a la tortilla (y la ganadora soy yo en frases hechas desgastadas). Vale la pena vivir, eso está claro, por corta que sea, pero hay que ser un poco avispado (tengo que parar, lo sé).

 No está nada mal eso de las listas de cosas que quieres hacer antes de morir, apuntar en el apartado de notas de tu blackberry las canciones que quieres escuchar, a qué hora te quieres levantar, los posibles deseos de tus próximos cumpleaños y los propósitos de la mañana siguiente a Nochevieja. No solo está bien planificar, es altamente recomendable, y sí, soy yo, Sofía. Pero voto más por vivir sin planificar, que no es lo mismo que tumbarse en el sofá esperando a que alguien venga y te traiga su lista de planes para que seas tú quien los cumpla. Eso no. Hablo de estar siempre por la labor de aprender algo nuevo, de tener sueños sin necesidad de apuntarlos en una libreta de espiral, de cumplir lo que te propongas, y de proponerte cosas nuevas. Y… et voilà, la vida pasará aún más rápido de lo que pasaba antes que no hacías nada. Y en menos de lo que canta un gallo (me entra la risa incluso, pero no puedo evitarlo) estarás arrugada, fardando de zapatillas con tus colegas del Imserso. Depende de ti. No me gusta la idea de que mi vida corra mientras no hago absolutamente nada. Prefiero volar.

Sofía Brotóns

 

Buenos días, Agosto

Buenos días, agosto. ¿Cómo has dormido? Pensé que no llegarías jamás. Y aquí estamos, otra vez los dos. Sabes… cada vez que nos encontramos después de tanto sin vernos me invaden un sin fin de recuerdos y me transporto en el tiempo, allá cuando aún no tenías esas jóvenes arrugas, allá cuando aprendías a nadar en las aguas del Mediterráneo, allá cuando empezabas a amar, y por un segundo se me olvida que estás aquí, con esas patillas tan modernas y ya canosas, mirándome y esperando ese abrazo de reencuentro. ¿Dónde quieres ir? A veces pienso que te aburres de este sol, de esas tormentas tan predecibles de los últimos días, me pregunto si no te gustaría ser septiembre, pero en seguida me digo a mí misma lo equivocada que estoy. Quién sería septiembre pudiendo ser agosto. Iremos a pasear solos, como siempre, porque estoy cansada de julio y esas aglomeraciones de gente que no conozco y que jamás conoceré, de junio y ese olor a pólvora. Quiero estar sola, sola contigo. Solo te pido que no te marches pronto, agosto. Que te quedes un poco más, que le digas a septiembre que siga durmiendo, que todavía no le esperamos.

Sofía Brotóns

La vida jamás es demasiado

Supongo que la vida nunca debería ser demasiado larga como para olvidar ciertas cosas. En realidad no tiene ningún sentido que la vida llegue jamás a ser “demasiado” larga, o “demasiado” bella, o “demasiado” sencilla. La vida nunca es demasiado. Solo pienso que la vida empieza ser larga cuando olvidas algunas vivencias, cuando tu cansado y perezoso cerebro almacena en el trastero ciertas experiencias en las que quizá algún día escarbes, o en las que quizás no. Por eso no deberíamos olvidarnos de nada. Deberíamos escribir sobre cada una de las personas que hemos conocido, memorizar sus facciones, su personalidad y grabar su risa en una de esas cutres grabadoras. Deberíamos llevar cientos de papeles y bolígrafos como complemento esencial para vivir, no deberíamos dejar de escribir jamás. Y por eso las autobiografías son en ocasiones tan aburridas, porque alguien debió pensar algo parecido a lo que yo os cuento.