Que te quieras, joder

No conozco a ningún hijo de vecino que no se llene la boca hablando de autoestima. Que aquí todos nos sabemos el cuento. Que si no te quieres tú, ¿quién te va a querer? Y es una de esas frases que nos hemos aprendido como loros y que soltamos en las reuniones de amigos, así, por aportar. Porque, oye, no la habíamos oído nunca. Que no te quieres nada, y que te quieras, joder.

Igual que pienso que todos debemos tener una porción de locura, también creo que todos deberíamos tener una Marina, una como la mía. Hace ocho años que nos conocemos y de alguna manera es como si nos conociéramos desde siempre. Marina es una amiga mía que tiene una forma peculiar de ayudarme. A veces, muchas, tantas veces, así, sin planteárselo, simplemente siendo ella, consigue que aprenda una de esas lecciones que uno ya sabe, pero que ha olvidado o que ha obviado, como se obvia la felicidad de la rutina, no lo sé. Y esta es una de esas cosas que ella me ha recordado, otra vez.

Que a veces uno cree estar seguro de lo que hace o dice, o de lo que dice que va a hacer. Y eso ya le da la falsa calma de estar queriéndose. Que se supone que si me convierto en lo mejor en esto, o en lo otro, o que si me gusta cómo soy, o cómo actúo, me querré más, o me querré mejor. Y que yo me quiero, oye. Y así, como las cortinas de la ducha, uno crea paredes que no frenan las caídas en pelotas a ninguna parte.

No sé si vosotros también os habéis fijado, pero el caso es que nadie quiere a nadie perfecto, porque básicamente no se ha dado eso, el ‘alguien’ perfecto. Todos tenemos nuestras miserias, alguna vez o demasiadas, pero todos sin excepción tenemos algo que es despreciable. Y aún así hay gente que, sabiéndolo, nos quiere. Igual que nosotros queremos a nuestros padres, a nuestros amigos, no lo sé. Y en el fondo, ¿por qué tendría que ser diferente el quererse a uno mismo? No deberíamos querernos por lo bien que se nos da escuchar a los demás, ni porque veamos en las cosas la sensibilidad que nadie ve. Deberíamos querernos precisamente por sabernos imperfectos, igual que queremos a nuestra madre, a nuestro padre y a todos esos quiénes que con sus más y con sus menos nos hacen ser mejores personas.

Es muy fácil soltarlo, eso, el ‘que te quieras, joder’, pero no tiene demasiado sentido. Porque los amores no se fuerzan, ocurren o no ocurren, y si se dan, no es algo que pase de repente. Para querer a alguien hay que conocerle bien, al menos para quererle bien. Y eso nos pasa también con nosotros, que si no tenemos ni puñetera idea de quiénes somos, poco podremos querernos.

Que a veces nos tenemos delante y no nos vemos, o no queremos vernos. Por miedo a eso, a encontrarnos al monstruo, al qué que nos haga plantearnos si es que somos dignos o no de amor, de eso, de nuestro propio amor. Y qué equivocados estamos, que no hay nada más bonito que dignificar a un quién queriendo lo que creemos indigno, que en la imperfección está lo humano, y que de marcas y lunares estamos todos llenos.

Sofía Brotons

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