Por qué escribo un libro

Hay quien escribe con la intención de contar una historia, pero también hay quien cuenta una historia a propósito de que se ha puesto a escribir. Este es el segundo de los casos.

Supongo que es difícil explicar cómo empezó todo, porque nada empieza de repente. Las cosas no ocurren porque alguien dispara una pistola, no funciona así. La vida al final es un producto maravilloso creado por los engranajes de un reloj. Y son los chirridos, las vueltas, los errores y los aciertos lo que la hacen tan maravillosa. Supongo que fue algo así.

Hace cinco años yo vivía en Roma, y mi vida era un cuadro, como casi siempre. Estaba de Erasmus y no creo que haya algo más grotesco que eso para empezar a hacer algo artístico. Pero así fue. Que como mi vida era un cuadro yo quería estar sola, y en Roma eso era casi imposible.

Había un jardín, y no me acuerdo de cuál era su nombre, y tampoco voy a buscarlo en Google. Seguro que si habéis estado en Roma sabéis cuál es. Estaba arriba de las escaleras de la Plaza de España. Jamás he sido una patriota visceral, pero confieso que escuchar en el metro ‘Prossima fermata Plaza España’ me hacía extremadamente feliz. El caso es que un día, uno que lo escuché y me alegró, decidí parar allí porque sí. Y no era que no tuviera nada que hacer. Que uno de Erasmus tiene clases y planes todo el tiempo. Pero yo me bajé allí. Y encontré el jardín. Y en principio era un jardín normal, uno bonito, lleno de árboles, con algún que otro quiosco, con gente corriente viviendo su vida, no lo sé. Y tenía de peculiar (aunque quizás los haya así muchos más) que había un millón de bustos de personas que algún día hicieron algo importante. Y paseando por allí por primera vez me pareció divertido pensar que, de algún modo, todos esos quiénes, que ya estaban muertos, tenían la oportunidad de seguir viviendo en ese jardín. Aunque luego me dije que era triste, porque no dejaban de ser bustos de piedra que no se podían mover. Al final me senté.

Detrás de mí estaba el busto de Armando Spadini, así que desde ese momento yo le llamé a ese jardín en mi mente ‘El jardín de Spadini’, aunque no se llamase así. Y él, Spadini, se convirtió sin quererlo en mi primer cómplice para contar una historia. Y ahí sí, supongo que ahí empezó todo de verdad. Aquel día, el primero que estuve allí, después de levantarme y dejar atrás a Spadini comprobé que esa calle (porque el jardín estaba dividido por ‘calles’) se llamaba la Calle del Tiempo. Y se llamaba así porque había un reloj en una fuente, que era un reloj de agua, o algo así. Y fue ahí cuando se me metió ese duende, esa luz, esa idea, ese alguien que me narró esta historia y me pidió que la escribiera, ahí o más adelante, pero que lo hiciera.

Roma, por lo que fuera, sacó mi peor y mi mejor versión. Y me topé con el Tiempo, de frente y sin remedio, y también con la Muerte, y con el Amor y con las Expectativas y también con sus hermanas, las Decepciones. Y me gusta pensar que todo eso me hizo más fuerte, que todo eso me hizo mejor.

Desde el día de Spadini empecé a ir todos los viernes al jardín a escribir un poco, y luego me iba a casa. Y eso, empezar a poner palabras, una detrás de otra, tratando de componer algo que pudiera llamarse ‘arte’ y que encima contaba una historia me dio un sentido nuevo, uno transcendental, y me hizo sentir eterna.

Quería contároslo, esto, el cómo empezó todo. Así que supongo que gracias por leerme, ojalá os guste tanto como a mí la historia que os voy a contar, y sobre todo, ojalá os apasione la forma en la que está escrita.

Sofía Brotóns

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s