Niños armados

Los egobloguers occidentales se han alzado en una guerra patética por manifestar quién es Charlie Hebdo, quién no y quién no tiene ni puñetera idea. Las redes sociales se han visto inundadas de mareas de comentarios de indignación firmados por dones y doñas que han asumido que la libertad de expresión es un montón de baba escupida como un proyectil. Occidente está enfermo, estamos enfermos.

El Estado Islámico ya ha asesinado a más de 190.000 personas en Irak, Siria, Nigeria, Líbano, Egipto, Pakistán, Yemen, Somalia y en definitiva lugares que solo nos quieren sonar por estar lejos, justo detrás del televisor. ¿Mientras? Occidente cierra los ojos. Sin embargo, cuando se produjo la tragedia en Francia, occidente salió a la calle reclamando libertad.

Nos hemos convertido en la sociedad del hashtag, en una lamentable civilización artificial. Tal vez sea porque hemos acumulado tantas cosas inservibles que somos incapaces de ver lo esencial. O quizá sencillamente somos una panda de egoístas e incoherentes que disfrutan de los derechos por los que una vez lucharon otros.

Es posible que los ciudadanos de a pie o los periodistas no podamos enviar cascos azules. Tampoco nos planteamos cambiar nuestras acomodadas vidas por las suyas. Pero podemos, o más bien, debemos no apartar la mirada ante lo que está ocurriendo más allá de la frontera.

Tras la matanza en el semanario Charlie Hebdo que nosotros hemos tachado alegremente de “ataque a la libertad de expresión” se han abierto un sinfín de debates paralelos. Somos incapaces de no plasmar nuestra infundamentada opinión, tenemos la desagradable necesidad de tener algo en la boca constantemente. Y aquí estamos, la sociedad de la libertad, que solo nos faltan las blancas pelucas de Versalles, y si el pueblo tiene hambre, que coma pasteles.

Si ya hemos decidido que nuestra mayor contribución ante las injusticias que nos salpiquen va a ser en forma de hashtag, al menos abramos un poco más las miras. El verdadero ataque sufrido en Europa y, sorpresa, también más allá de nuestros jardines, es un ataque que va más allá de la libertad de expresión. El verdadero ataque es el que atenta contra el derecho más primario del hombre, en el que se fundamenta la libertad, el derecho a la vida. Los cristianos perseguidos en Siria ya lo advirtieron: “Si no los paráis aquí, los tendréis allí”. Es hora de ir a la raíz del problema, de poner en práctica los despampanantes valores occidentales, de predicar con el ejemplo.

Decir lo que nos plazca cuando nos plazca es un derecho escrito, pero conlleva consecuencias. No podemos defender el derecho a la libertad de expresión sin saber siquiera lo que significa. Quizá es el momento de emplearla a fin de lograr un objetivo común, un bien común. Quizá es el momento de emplearla para cambiar las cosas. Quizá es el momento de ejercer periodismo real.

La libertad de expresión es nuestra mejor arma. Pero de momento somos como un niño con una pistola. No sabemos cómo funciona y podríamos herir a alguien o sufrir un accidente.

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