A veces me ahogo

A veces me ahogo, me arrastro hasta las profundidades con violencia y no respiro. A veces muero. Dejo de pensar y dejo de ser. Y es que no hay peor verdugo que uno mismo. A veces me escucho con atención y otras lanzo palabras contra mí misma porque adoro sufrir, porque el sufrimiento es  lo más profundo que el hombre puede tocar, lo más trascendental, lo más divino.

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Mi sensibilidad me da una perspectiva a color de la vida, un mundo como escrito por Lewis Carrol en el que la protagonista soy yo. Y atiendo a detalles que al resto se le escapan porque están demasiado ocupados en vivir el segundo que viene después, y no se dan cuenta de que viven en una ilusión permanente. El contemplar el mundo, la vida, las personas a través de estos ojos muchas veces me aporta una felicidad inmensurable, y otras tantas me encierra en un espacio estrecho y diminuto donde solo se puede sufrir.

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Recuerdo que cuando era una niña (no como ahora, una de esas con dos coletas y una sonrisa manchada de chocolate) cundo me echaba a llorar, cuando me llenaba de rabia y de incomprensión me iba directa al espejo, a contemplar esos ojos de gato y esa mirada de decepción, como si con solo siete años hubiera descubierto el secreto más terrible de vivir. Y guardaba esa imagen en un archivo de mí misma, ahí junto al archivo de risas graciosas y fuera de contexto.

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El sufrimiento como tal es apasionante, elegirlo, abrazarlo y amarlo es la aceptación de uno mismo con sus miserias y las miserias de los demás. En un primer momento sientes que la vida se te ha escapado, que la justicia es solo una palabra vacía de ocho letras, un timo, la falacia universal. Sientes que el mundo es un lugar hostil e injusto, que el azar te puso los dos pies sobre la tierra y te obligó a vivir una vida que tú no elegiste, que te toca caminar hacia la muerte como empujado por la punta de una pistola contra la nuca, que ya no hay vuelta atrás. Después comprendes que todo momento de tu vida, toda alegría y toda ilusión ha ido acompañada de una pérdida, de una muerte, de un terrible sufrimiento. Finalmente tomas tu vida, como agua entre los dedos, y en el instante anterior a que se desvanezca comprendes que es el conjunto de miserias y milagros lo que hace que no puedas más que amarla. La eternidad está en tus manos. El destino terrenal de la humanidad es el mismo para todos, pero tú decides el camino que quieres tomar.

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A veces me ahogo, me arrastro hasta las profundidades con violencia y no respiro. A veces muero. Y entonces abro los ojos. Vuelvo a nacer y en el preciso instante en que despierto me pongo a escribir.

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Últimamente le echo más de menos de lo normal. Mi abuelo supo cuál era el secreto de esta vida desde el principio, y nos lo dejó a todos como legado, sin hablar. A veces me quedo en silencio y me concentro con fuerza, para ver si así consigo viajar en el tiempo y volver a esa terraza frente al mar, en la que sus ojos parecían volverse azules porque su mirada era ya una mirada tan verdadera que no podían ser de otro color. Fue uno de esos hombres que viven su vida como si fuera una obra de arte y ellos las manos de Dios que va trazando tímidas pinceladas que hagan del mundo un lugar más bello. Y es que de vez en cuando hay firmas de hombres y mujeres que quedan grabadas a fuego en esta realidad tan extraña para que conste que ellos pasaron por aquí, para permanecer de alguna forma, para ser eternos.

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El mundo necesita una cámara capaz de capturar todos los rostros de personas antes de marcharse de este mundo, capaz de atesorar sus miradas, la historia de cada una de las arrugas que penetran en sus semblantes. La vida, señores, y hasta donde yo creo saber, es amar, es sufrir, es dar un paso atrás y pedir perdón, es perdonar, es continuar. La felicidad no es ese instante de emoción que se desvanece al poco tiempo, no es la euforia provocada por música y vodka que desaparece en las migrañas del día siguiente, no es la risa, ni el éxito, ni la suerte, no es sentimentalismo barato. La felicidad es la consciencia de todo momento que te ha destrozado y te ha hecho avanzar, es la paciencia, los segundos dilatados, es la felicidad que comporta saber que has perdido y que has sufrido, pero que al fin y al cabo, has vivido.

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El ejemplo más claro de lo que quiero encarnar en palabras es el mismo comienzo de la vida, el sufrimiento en su pureza original. El amor es. El amor es desear que algo sea, es la participación del Ser que está siendo. El amor es desgarrarte por dentro voluntariamente. Cuando una madre da a luz produce en sí misma una destrucción, un sufrimiento que ella elige para ser artífice del mundo, para crear junto con el resto del universo, para amar. En ese instante amar y sufrir se hacen uno y no hay momento humano en que se esté más cerca de Dios.

Sofía Brotóns

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