Peras al olmo

El problema de crearse expectativas con las personas es que, por lo general, suelen ir acompañadas de tremendas desilusiones. Y es que está claro que nadie es como creemos que es, o como queremos que sea.

Tengo la horrible manía de crear mundos increíbles, realidades nuevas, películas de ciencia ficción… en cuanto conozco a alguien. Imagino que cada ser en el mundo tiene un millón de capas, y me encanta destaparlas una a una creyendo que al final habrá una especie de diamante en bruto. Recuerdo que en algún momento de este año me dije a mí misma que el 2013 había pasado por mi vida como una apisonadora y que había terminado conmigo, pero me ha valido un par de minutos para darme cuenta de todo lo contrario. Este año, que se acaba (aplausos), ha sido sin lugar a dudas el mejor.

Por lo general el hombre está tan ensimismado en su unicidad, en su exclusividad y su originalidad que olvida que el resto no son personajes secundarios de su vida, que son quiénes, con historias, con vida y con sus propias particularidades. Sin embargo, es verdad eso de “no le pidas peras al olmo”, siempre hay un límite en todo quién, donde, si hay un más allá, desde luego no está a la vista, y donde más vale que te retires, si no quieres una profunda decepción. Y me explico: es maravillosa la idea de querer conocer a todo el mundo, de abrirte, de desnudarte el alma ante todo aquel que tenga un par de orejas y un par de ojos, pero no es real. Las personas están en distintos planos, y no todo el mundo está hecho para todo el mundo, y eso es lo maravilloso del asunto.

En el fondo, cuando te das cuenta y lo asumes sin dramatismo es cuando das un paso al frente, dejando sin problemas a personas que pasaron por tu vida, en un momento determinado, por alguna razón, pero que ya no hay más que puedan darte. Hay personas inagotables, que crean continuamente, que su interior puede convertirse en un pozo sin fondo agotador o en el lugar más interesante del mundo, y hay otras que, sencillamente, tienen un límite tan delimitado y agotado que produce la mayor de la impotencia.

Hace poco, Juliana decía algo así como que todas las ciudades del mundo tienen una época ideal para vivir en ellas, y tenía razón. A veces pienso que lo mismo ocurre con las personas, llega un punto en la vida de todo el mundo (o de casi todo) en que comprende que para salir de uno mismo y ser feliz hay sencillamente que avanzar, dejando atrás a personas que significaron algo en cierto momento y que dejarán de existir de alguna forma en el instante que des un paso al frente.

La vida, el tiempo, y lo esencial por lo que aún tienes los dos pies bajo la esfera azul te darán motivos, razones y sobre todo nuevos quiénes para aportar a la maravillosa creación la firma de “yo estuve aquí”, porque recuerda… al fin y al cabo tú también has sido alguna vez un “quién” en la vida de alguien. Lo importante es dejar la huella del recuerdo, dejar un trozo de ti, sin desgarrarte, a cada persona, a cada momento y a cada historia que te conforma, para que de algún modo participes del milagro de la existencia.

Sofía Brotóns

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