El bigotudo con prisas

 

Suelo decir que cuando empieza a llover y estás bajo la lluvia, por supuesto sin paraguas, algo va a cambiar, y cuando lo digo me siento como esas abuelas que inventan teorías para que sus nietos puedan narrárselas a sus hijos algún día. En realidad solo lo hago para sentir que tengo el control sobre parte del mundo, porque siempre he creído que si dices algo que explique la realidad y lo sacas de la nada, en el fondo funciona.

En realidad todo ser humano que se precie tiene un loco afán de controlarlo todo. Inventamos palabras para controlar realidades que no podemos o no sabemos abarcar, porque el amor, la libertad, la justicia, el bien o la verdad son palabras inventadas por el hombre con el fin de encerrar lo más grande a lo que puede aspirar. Y no me parece mal, ojo, me parece lo más tierno y humano del mundo, pero solo cuando se habla de esas palabras. Sin embargo no me ocurre lo mismo con el tiempo, y me explico: El tiempo no cura ninguna herida, las heridas las curan las personas. Y no quiero relojes porque el tiempo no existe, porque no hay nada más pedante que ese tic tac taladrándote el oído, odio el tiempo porque deseo que no exista, y así es como es y debe ser. Lo odio por su sinsentido y por ese afán de correr a todas partes sin esperar a nadie, porque avanza impasible ante tus ojos mientras observas como un imbécil. Porque en Suiza se forran a costa de él, porque nunca nos ha ayudado a nada más que a sentir que se nos ha escapado la vida. Porque provoca arrugas y patas de gallo, y hace que eches de menos, que añores. A veces nos hace llorar. No le importas, no le importa nadie, y su único objetivo es encerrarte en un ciclo ilusorio de “pasado”, “presente” y “futuro”, y digo ilusorio porque al fin y al cabo es siempre pasado, y nunca, jamás futuro.

Y si de verdad me leéis y los “me gusta” de Facebook no son puro postureo, sabréis que esto ya os lo había contado. El tiempo es solo una absurda forma de controlar la realidad, los días, las horas, los minutos, ¿qué son? ¿No es triste que mientras escribo esto y termino esta frase ya jamás volveréis al principio en el que leísteis “No es triste que…”? Se os ha escapado la vida, lo siento. Estáis aquí, frente a una pantalla de ordenador o de algún otro medio moderno, los que podéis, con una sonrisa de idiota (espero) regalándome tiempo a mí, a esa chica que no conocéis, o que conocéis o que creéis conocer esperando sacar algo bueno de este texto o cotillear a ver si suelto prenda sobre mi apasionante vida personal (pillines).

A los que sigáis aquí porque habéis tolerado que desde el otro lado me ría un poco de la situación: gracias. La cosa es que el tiempo es solo un ente que hemos creado para darle sentido a lo más horrible de nuestra existencia, es un señor con bigote y bastón que nos mira con ojos de: “Te tengo” y al que de vez en cuando le echamos al culpa, o la responsabilidad, como si fuera, de hecho, alguien que pudiera hacerse cargo de tus obligaciones. En cualquier caso, aunque de tanto creérnoslo se haya hecho real, el bigotudo también ayuda.

El tiempo ayuda a comprender que vivir la vida, cada “día” como si fuera el último, no es exprimir el Carpe Diem. El Carpe Diem es una soberana gilipollez (perdonadme, modernos). Vivir el día a día al máximo no tiene nada que ver con tatuarse la espalda, ni con andar sobre el fuego, ni con tirarse en un barril por las cataratas del Niágara, ni con hacer puenting, ni con chuparse el codo. Vivir el día a día tiene mucho más que ver con las cosas sencillas, con los detalles, con fijarte en el eco que provoca la risa de esa niña que corre por un pasillo buscando a sus padres, con atender a los andares graciosos de una paloma que se ha posado sobre una mesa sucia de bar, tiene que ver con decirle a tu padre que le quieres, pero que le quieres muchísimo, con sonreír al rancio que trabaja en la administración de la universidad, a ver si así le contagias nada y si no, al menos para fardar de dientes, tiene que ver con estar feliz de verdad y transmitírselo a los demás, vivir cada día tiene que ver con ser consciente de que cuando llegue la noche, será como morir, porque todas esas horas anteriores no volverán a repetirse jamás, y ser consciente constructivamente, porque si no, acabamos todos colgados.

La historia del Tiempo conmigo (y lo escribo con mayúsculas porque hablo del bigotudo) tiene una larga y aburrida explicación, pero creo que si todo escritor tiene un punto débil, una musa, un no sé qué, su flow, su miedo, su pasión, su cualquier cosa (porque al final esto son solo palabras para confundir) la mía, sin lugar a dudas, es esa persona, ente, ser que he creado y que tantas veces puedo ver, en carne y hueso, más real que yo misma, el señor Tiempo. Y es que todo ser humano debería tender a la eternidad, sin miedo y directamente, de hecho, cuando alguna amiga entra en semi depresión hormonal o sencillamente banal, le susurro un: “No te preocupes, recuerda que yo soy inmortal”, y me sonríe con agradecimiento o lástima, da igual, el caso es que parece solucionar todo lo demás.

Me gusta pensar que el tiempo es solo un sistema, igual que la democracia, en el que por necesidad estamos inmersos, pero que con una visión más amplia, en el fondo somos seres que participamos de algo más grande, del Ser que está siendo en la eternidad, en la atemporalidad y alejado de los absurdos tic-tacs. Que la inmortalidad está dentro de cada uno de nosotros, en cuerpo y alma; en cuerpo porque somos parte de la Tierra y en alma porque tendemos al infinito. Y que con el bigotudo con bastón sencillamente podemos negociar, hablar con él de vez en cuando para que nos haga espabilar, para llegar a tiempo a las citas, para que el acondicionador nos haga efecto, para hacer patatas al horno, para ofrecerle a alguien el resto de nuestra existencia, para pedir perdón “a tiempo” y para sentir que lo aprovechamos leyendo a una pobre chica que escribe de vez en cuando porque cuando lo hace, consigue, a través de las palabras, viajar en el tiempo.

Sofía Brotóns

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