Risa

conejo de alicia

Hace mucho tiempo que no me río de verdad. Hay personas que se ríen constantemente, que tienen ese sonido continuamente en la boca, ese absurdo “ja-já”. Me temo que soy una de esas personas. Quien no me conoce demasiado cree que soy alguien alegre, y lo creen porque tengo esa vacía carcajada como coletilla a cada una de mis frases. No quiere decir que estén equivocados, que yo no sea una persona feliz, por supuesto que lo soy, pero desde luego mi felicidad no tiene nada que ver con ese milisegundo en el que el aire se convierte en melodía.

Me resulta difícil hablar de la risa porque por lo general la relaciono con un momento absurdo, con un punto de humor a consecuencia de que algo que no puede ser, de pronto es, y eso me hace gracia. Y dicho así suena a que aquí todos somos una panda de bobalicones que se ríen de imaginar a una cigüeña buceando. Pero por eso mismo, porque me gustaría demostrar que la risa es un tema más “serio” de lo que aparenta, voy a intentarlo.

Cuando digo que hace mucho tiempo que no me río de verdad, me refiero a que hace mucho que no me quedo sin respiración. Ayer estuve con un amigo que no puede mantener una conversación de más de diez minutos sin decir algo completamente absurdo, y en el fondo sé que lo hace porque le produce una satisfacción tremenda el ver a su interlocutor muerto de risa mientras él mantiene la compostura como si lo que acaba de decir fuera absolutamente normal (imagino que le hace feliz). Y es que, en el fondo, eso es la risa para mí.

Cuando eres un crío y tu padre representa con sus dedos las patitas de un ser diminuto que se acerca a ti para matarte a cosquillas, antes de que eso ocurra, tú ya estás en el suelo hasta arriba de carcajadas, por lo absurdo que resulta que eso pueda suceder. Y es que el “no ser” es gracioso, sobre todo cuando se le atribuye el ser sin ninguna razón.

Por eso Alicia en el País de las Maravillas es la mejor dosis de felicidad en forma de risa. El mundo del “no ser” se presenta al espectador con un puñado de personajes y colores que hacen olvidar a cualquiera que este mundo tenga pies y cabeza, y a mí –de vez en cuando- me viene de lujo olvidarme de que existe un principio de no contradicción.

Sofía Brotóns

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