Cuando el silencio se vuelve ruidoso

En un mundo en el que a veces la realidad queda reducida a palabras, es fácil verse atrapado en ellas. Y me explico, el ser humano, que es un ser organizado, un “escribidor” de listas del control, un maniático de la palabrería barata, de la retórica, tiende a encerrar la realidad dentro de las palabras para sentir que así, de algún modo la controla. Y esto viene porque leyendo el texto del profesor en el que habla de la importancia del silencio, sin comerlo ni beberlo me he visto inmersa en la definición que un señor con corbata acuña al término, y como dirigida por la inseguridad me he marchado de visita a la Real Academia. La supuesta dueña del saber me ha explicado con esos aires de sabelotodo que el silencio no es otra cosa que la ausencia de ruido. Pues qué bien. Y de la misma forma que cuando preguntas a tu padre si puedes salir de casa y él te manda a tu madre, y ella a tu padre y tú acabas tan mareado que decides quedarte en casa, me he largado en busca del ruido. Que es un sonido inarticulado y generalmente desagradable, me cuenta. Y hala ya está, que me quede tranquila. Pues no.

Quizá es porque me gusta saberlo todo y a veces me voy de lo que en realidad importa y me envuelvo en lo increíble de la imaginación, pero sinceramente, no creo que el ruido tenga que ver con el sonido, ni que el silencio tenga que ver con la ausencia del ruido. Que no he perdido el norte. Me parece más bien que el ruido es sencillamente una forma fácil que tiene el ser humano de aislarse, pero de aislarse de uno mismo y no tanto del barullo de lo que nos rodea. Es horrible enfrentarse a lo que uno mismo es, da miedo mirarse por dentro y ver que no todo son maravillas, que en algún lugar de nuestro interior está ahí latiendo nuestra miseria, una miseria que podemos ocultar a los demás, pero no a nosotros mismos, a no ser que nos llenemos de ruido, claro. Y ese ruido no tiene por qué ser un tema duro de “heavy metal”, ni el verse rodeado continuamente de personas insubstanciales que no callan ni debajo del agua. El ruido es muchas veces un silencio tan profundo y pesado que deja nuestra mente a la altura de la de un pez globo.

El ruido es solo un muro en el que nos encerramos, y las conversaciones vacías, los cascos y la música comercial solo son medios que hace que no nos escuchemos a nosotros mismos. Es cierto que puede ayudar el pirarse a un campo espectacular donde los árboles que caen no hacen ruido porque no hay nadie presente, pero no es una condición indispensable. Ya puedes encerrarte en una cueva durante veinticinco días con el único sonido de tu propia respiración o vivir como una sirena bajo del mar que si no te atreves a escucharte, no te habrás aislado del ruido.

El silencio es música que haga fluir palabras en nuestro interior, son preguntas y sobre todo respuestas. El silencio es el tiempo encarnado. Es paciencia, segundos dilatados. Es lo irracional de hacer del sujeto el objeto, de entregar lo más valioso que tenemos, el tiempo, que no sabemos cuándo se nos va a acabar, a algo cuyo interior puede elevar nuestra autoestima por encima de las nubes o decepcionarnos hasta el dolor. Es la soledad del yo frente al yo, pero que corre el riesgo de caer en el egoísmo de ensimismarnos en lugar de lo que realmente vale la pena, darnos a los demás, pero darnos con todo lo que somos. Ofrecerle al mundo mis maravillas y sobre todo mis miserias, y hacerlo con una sonrisa, una sonrisa como diciendo: “Soy un desastre, pero soy un desastre encantador”.

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Sofía Brotóns

 

http://filosofiaparaelsigloxxi.wordpress.com/ (“El texto del profesor”)

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