Detrás de las cicatrices

A lo largo de mi corta historia y mi intensa memoria he recibido cientos de consejos de toda clase de individuos. En alguno de los casos el consejo se fusionaba con él mismo hasta tal punto que en el momento en que me lo entregaba a mí, creía verle sangrar. Y me daba un pedazo de él aún cuando estaba sufriendo. En otros casos eran consejos lanzados al aire, como bolas de papel en una clase de primaria, y ellos, ellos no eran más que esas miradas de desconocidos que se cruzan con la tuya en un cambio de trenes.

Al final, consciente o inconscientemente amontoné todas esas frases hechas, refranes populares, palabras sinceras y -en ocasiones- montañas de hipocresía en un rincón de mí misma, hasta conformarme en lo que hoy soy. Un puñado de defectos que se hacen paso en mi cuerpo y en mi personalidad y que al final, se han hecho tan míos, que ya no los considero defectos, porque soy yo misma, yo frente al mundo.

Todos esos pequeños trozos de personas, y esos pequeños trozos de nada en ocasiones me han desgarrado más a mí que al donante, de forma que cada acontecimiento o cada persona que me ha hecho sufrir ha supuesto una cicatriz en mi piel, que a veces enseño orgullosa y otras tantas cubro con el pañuelo del “nunca ocurrió”.

En el fondo sé que cuando deje que alguien cuente y trace con sus dedos cada una de mis cicatrices, esa persona no tendrá que ir descuartizándome en pequeños trozos de yo para saber quién es Sofía Brotóns, esa persona sabrá lo que soy con todo lo malo que ello conlleve. Y podrá quererme entonces, o desecharme justamente.

A donde quiero llegar con todo esto hoy es a algo mucho más sencillo. Lo cierto es que no acostumbro a dar demasiados consejos a las personas, reconozco haberlo hecho antes, pero a día de hoy, debería reconocer que muchos de los consejos que he dado jamás me los he aplicado a mí misma, ni siquiera estoy segura de que funcionen, en ocasiones, he sido una verdadera hipócrita y en otras tantas, he dado consejos creyendo manejar una situación que tal vez y probablemente ni siquiera conociera. Por ello creo que hoy es un gran día, porque dejaré escrito un consejo que espero que alguien tome y se quede así con una parte de mí. Estoy dispuesta a ello, que no quede en el aire, que las palabras no vuelen porque hay algo bello y de peso detrás de ellas.

Si quieres conocer a alguien, pregúntale qué le hace sufrir. Y quizá ahora algunos diréis: “Bien, Sofía, ¿eso era todo?”. Pues sí. Supongo que eso es todo. Pero vaya todo, digo. Y me explico: en el fondo tenemos que reconocer que muchas veces observamos al resto como cuando observamos a esas personas desconocidas y sin vidas aparentes en un cambio de trenes, la vida nos hace creernos que somos el protagonista de nuestro propio drama personal, que el mundo y el otro son escenario y personajes secundarios de lo que nos sucede, y eso está bien, en cierto sentido. Pero de pronto un día te das de bruces descubriendo que llevas toda la vida sufriendo por sentirte demasiado solo, porque o te has complicado tú, o nadie entiende cómo eres, o nadie jamás lo hará, porque a fin de cuentas, lo que te pasa a ti está ahí dentro, encerrado en un espacio inexistente al que solo tienes acceso tú mismo. De modo que nos pasamos la vida exigiéndole al resto que se acoplen a nuestro complicado y especial molde, que nos atiendan, pero sobre todo, que nos entiendan.

Nosotros, aunque podemos querer entenderles, asumimos desde un primer momento que de la misma forma que ellos jamás sabrán “quién” soy yo, con todo lo que ello conlleva, yo tampoco sabré “quién” es él. Pero creedme si os digo que entrando en sus cicatrices, haciéndolo con cuidado, con paciencia y con la fuerza y el interés que provoque dolor en nuestra piel, sabremos a quién tendremos delante, y no habrá hecho falta ninguna palabra, ninguna larga conversación. Si somos capaces de ver el sufrimiento, ahí frente a nosotros, como si fuera un hombre anciano, cansado, que agoniza mirándonos a los ojos y que es tan real como la persona que tenemos delante, seremos capaces de ver a esa persona, de ver cada una de sus cicatrices y de entender quién es y por qué es quien es.

Sofía Brotóns

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