Incluso las alcachofas tienen corazón

Un artista sabe mirar, no tiene prisa por llegar a ningún lugar porque prefiere entretenerse en los pequeños detalles de la realidad e introducirse en un mundo infinito de posibilidades por cada mota de ser que se antepone en su mirada, de modo que todo lo que hace lo hace con amor y en el fondo, y aunque él no lo sepa, también por amor.

A veces, muchas veces, me quedo un rato leyendo frases escritas por hombres y mujeres que se encontraron solos y ante la soledad se abrazaron al abismo de las palabras y a los mundos que a través de ellas se puede llegar, y que por eso recibieron el nombre de artistas. Y las digo en voz alta, pero sin mirarme el espejo, escuchando mi voz, que entonces suena tan vacía, impersonal y perdida que se escapa en el aire, y lo hago hasta que las palabras pierden sentido. Las repito una y otra vez, repasando cada una de sus sílabas y buscando algo que es difícil de encontrar, lo hago hasta que me siento esa niña con flequillo que daba vueltas sobre sí misma hasta que tenía ganas de vomitar.

Cómo es posible que alguien arrancara esos trozos de sí mismo componiéndolos en un conjunto ordenado con la intención de dárselo a los demás, ¿no os parece algo maravilloso? A mí desde luego me hace sonreír. Esto viene porque hasta hace unos días no creía que fuera capaz de escribir ofreciendo trozos de mí. De pronto y literalmente, me desperté harta de ofrecérselos a alguien que no los quería. Qué exagerada.

Y otra vez ese hombre cuyas arrugas solo le hacen más bello me mira y me lo explica con tanta paciencia que hasta me hace sentir estúpida. No importa el valor que yo le haya dado a determinados momentos o a determinadas personas si después voy a meterlos en una caja con indignación y orgullo para que nadie sepa que para mí fueron importantes. Es esencial que cuando una persona supone algo para ti, lo sepa. Que cuando un momento es perfecto, lo guardes, sin encerrarlo en ese baúl tan traidor de los recuerdos. Aunque creas que esa persona no es capaz de asimilar cada uno de tus sentimientos, de alguna forma lo que le digas le hará comprender parte de ese diminuto trozo de ti que le estás dando, porque al fin y al cabo y como le dice Amelie al señor Collignon: “Incluso las alcachofas tienen corazón”.

El Tiempo lo sabe, no podemos controlarlo todo, ni planificarlo todo. Las personas no son lo que queremos que sean, porque son libres, o no, porque amamos, porque algunos no, porque nos equivocamos y a veces por puro placer. De modo que si en algún momento alguien es importante por ti, dilo sin miedo a sentir la humillación de no ser comprendido, porque al fin y al cabo eres tú quien está viendo ese rayo de luz tan bello a través de la maleza, y si no lo dices, nadie lo hará por ti y el rayo, bueno, será como si nunca hubiera ocurrido, porque solo lo has visto tú, y en ti está el poder o la decisión de hacérselo ver a los demás a través de una realidad que si bien es menos palpable, al menos se puede leer.

Podéis pensar que es absurdo escribir o hablar a fin de transmitir si después no hay nadie al otro lado capaz de entenderlo. Pero no es cierto. No lo es, porque al final y tras el caminar del Tiempo, en algún lugar, un gracioso personaje leerá tus lineas y acariciará tus palabras con sus labios, repitiéndolas, desgastándolas y con la desesperada intención de sentirlas bajo su piel de la misma forma que tú lo hiciste.

Sabéis, me divierte pensar que la vida es como un carrusel, pero esto ya es otra historia y ya es tarde.

carrusel

Sofía Brotóns

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