Bienvenidos a la memez retórica

Definitivamente es necesario estar al tanto de todas las estupideces que alguien tenga que decirte. No hay un “basta” posible a las estupideces escupidas por segundo por la bocaza de un sabelotodo que no sabe nada, y no lo hay precisamente porque tu capacidad de aprender algo de ese incómodo y trágico momento para tu paciencia es proporcional al tiempo que resistas frente al sujeto en cuestión.

Uno no puede pretender que a lo largo de su vida nadie le diga jamás una estupidez, algo injusto y que viole la lengua, las artes y las ciencias, no puede, porque al fin y al cabo todos terminamos por decir estupideces en algún momento. De modo que lo educado, cortés e inteligente es sin duda escuchar ese aparente momento de lucidez de alguien que no puede dejar de hablar como consecuencia de que su ego haya perdido el norte dándole cuerda al asunto. Hay que callarse, atender, asentir y si se presta oportunidad, sonreír ya de paso. Aplaudir ya es excesivo.

Normalmente las estupideces vienen seguidas de un “no te he escuchado y -ojo- no tengo ninguna intención de hacerlo” y acompañadas de un “espero que mis estupideces hayan recorrido hasta el último rincón de tu minúsculo cerebro”, de modo que es fácil identificarlas. A partir de ahí solo hay que escuchar.

Me sorprende porque hace poco más de un año yo era incapaz de escuchar algo que sobrepasara los límites de mi paciencia. Entonces no conocía el placer de la discusión, el baile de palabras en sutiles ironías balanceándose de boca en boca. Aunque también es cierto que para que el arte de la discusión sea posible es necesario que los “discutidores” en cuestión sepan, en efecto, “bailar con las palabras”, y no lanzarlas como piedras. También hace un tiempo era incapaz de atender a algo contrario a mis percepciones. Entonces yo también decía muchas estupideces. Porque al fin y al cabo las palabras son un viaje muy barato a la  vulgaridad y la eternidad de la ignorancia si se usan con prepotencia, y ya sabemos que todo lo que viene seguido de “gratis” es una elección natural de nuestros limitados corazones.

Supongo que un día simplemente guardé silencio, o supongo -mejor dicho- que un día alguien con agallas me mandó callar y yo -menos mal- le hice caso, y de pronto me topé con que quizá esa persona podía tener razón, y yo con “mi verdad” por bandera. Qué vergüenza. El caso es que supongo que en aquel momento también me planteé la posibilidad contraria. De acuerdo, yo me callaba, escucharía, no interrumpiría, pero ¿y si mi valioso silencio iba a ser cubierto por estupideces lanzadas a ninguna parte y con el único interés de dañar? y et voilà! mi lado positivo -que últimamente florece más que nunca en esta Ciudad Eterna- me recordó que las estupideces a menudo nos ilustran más y mejor que las palabras meditadas y razonadas.

La vida, como un padre que le quita las ruedas pequeñas a la bicicleta de su niño, te pone a prueba aunque sepa que vas a caer. A lo largo de los años descubres que es fácil tomar cariño a alguien y de que esa facilidad resulta al final el talón de Aquiles de toda relación, que las personas no son lo que esperabas, que no son más, ni menos, sino que son otra cosa y que si te decepcionas por no encontrar lo que buscabas terminarás viviendo en la pura y total decepción. Por tanto, es necesario estar dispuesto a escuchar estupideces y sobre todo a no hacerlo con hostilidad, sino con verdadera paciencia, la misma que otros han tenido contigo cuando has sido tú el lanzado al maravilloso espectáculo de la memez retórica, porque al final la vida es un pedir perdón y un perdonar continuo. Y en verdad no importa cuántas veces te duela algo si de ese dolor se sacan textos así, bendita escritura.

Hoy lo he estado pensando muy seriamente. Mantener la boca cerrada cuando en una discusión las palabras desbordan no solo es lo más inteligente, sino que en muchas ocasiones es la única opción que tenemos de no salir desquiciados. Seguramente de entre todas las estupideces que alguien pueda escupir, y aunque más de la mayoría tengan como única intención dañar, puedes sacar algo en claro, una moraleja, un refrán o hacer dos rimas tontas y una canción para tararear los domingos lluviosos, yo qué sé.

Sofía Brotóns

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s