Un paraíso privado, exclusivo y egoísta

Después de aproximadamente dos siglos aquí estoy, y digo dos siglos porque me parece una eternidad el tiempo que he tenido que esperar para reencontrarme con el maravilloso milagro de la escritura. Este enorme paréntesis está justificado: estoy en Roma, en Roma por fin, de modo que iré por partes.

El día 1 de febrero, un 1 de febrero tremendamente caluroso en Valencia tomé el vuelo que me llevaría al otro lado de la orilla, a una orilla fría e impredecible llamada Roma. No muy lejos en espacio, pero a una eternidad en el tiempo. Y por fin en tierra, allí donde la Historia se te presenta con nombre y apellidos nada más salir del aeropuerto, donde entre la muchedumbre puedes fundirte y de pronto pasar a ser nadie, donde desaparecer es la ley y donde no importa cuántos mapas se acumulen en las mesillas de las estaciones, porque te vas a perder igual, te vas a perder tanto que terminarás por encontrarte a ti mismo y creerás encontrar en ti lo que jamás encontrarás en otra persona, porque el misterio de Roma te habrá engañado, porque, en efecto, estarás perdido.

Roma es como una mujer hermosa, te quedas prendado de su belleza y no te interesa nada más que observarla, no quieres saber cómo se ha convertido en lo que hoy es, solo sabes que quieres estar ahí junto a ella y desaparecer. Y en ese preciso momento es cuando cometes el error más grande del mundo, te pierdes. No hablo de una pérdida física, de no encontrar la Piazza del Popolo por estar despistado mirando los girasoles que brillan soberbios en una fría mañana de invierno, hablo de una pérdida mucho peor, te envuelves en su belleza y no prestas atención a lo más importante: la vida que hay en Roma, la que hace que su corazón lata y la que emite el aire que los romanos respiran, hablo de cada una de las personas que forman esa tremenda masa de “Don Nadies” que muy lejos de serlo, están ahí esperando que alguien les preste atención entre tanta piedra pesada.

La soledad interior en Roma es un lugar maravilloso, un paraíso privado, exclusivo y egoísta, pero al fin y al cabo, placentero. Me niego a perderme aquí, no sin compañía, me gustaría poder encontrarme al tiempo que encuentro a alguien más. Estoy dispuesta a descubrir hasta el último soplo de vida en Roma, así que de una forma u otra os pido que no dejéis que me pierda, no en este maravilloso lugar.

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