Peor que las drogas, la envidia

Convertir la envidia en admiración, una práctica poco frecuente y sin embargo muy necesaria. Es alucinante la cantidad de cosas que somos capaces de hacer y decir por envidia. A menudo escuchamos que no hay nada más feo que ese sentimiento, que no hay nada tan malo o ruin. Ni malo, ni ruin. Es triste. Es puñeteramente triste que alguien tenga que hurgar en los más sutiles defectos de alguien para contrarrestar todo lo envidiado. Y es triste precisamente porque creyendo que destroza al otro no sabe que se destroza a sí mismo. Lo idílico sería que esa persona abriera los ojos y descubriera que no tiene por qué envidiar, porque él mismo es único, porque de aquí a que la Tierra se desvanezca no nacerá nadie como él jamás, que deje o no su huella siempre existirá el hecho de que nadie pisará como él pisó, que nadie dijo lo que él habló, que nadie estuvo como él vivió.

Eso es lo idílico. Pero todos sabemos que de ilusiones viven muy pocos y que la gente mata por dosis de realidad, de esas de ladrillo en la cara. Mi consejo entonces es que busques seguridad en otra cosa que en destrozar a alguien; que si tiemblas, te controles; que si tienes miedo, te escondas; que si buscas defectos, empieces por ti; que vivas y que dejes vivir.

Sofía Brotóns

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